EXPERTO EN FUGAS


VIDOCQ A LA FUGA 

François Eugene Vidocq nació en 1775 en Arras, Francia, y murió en París en 1857. Entre ambas fechas se desarrolló la peculiar vida de este curioso personaje. Que fue un delincuente de cierto renombre es bien sabido, que posteriormente llegó a dirigir la policía parisina, y un servicio de detectives privados también; pero sus andanzas hasta llegar a este punto son más desconocidas, sobre todo sus sorprendentes fugas, que serían la envidia de los escapistas más celebres.

En 1791 fue detenido después de una meteórica carrera criminal, y con 16 años ingresa en prisión. Pero el joven no está por la labor de permanecer mucho tiempo encerrado. Se disfraza de funcionario de prisiones, y sale tranquilamente por la puerta, eso sí luego tiene que alistarse en el ejército para evitar un nuevo encarcelamiento.

Un año más tarde vuelve a visitar la prisión, en esta ocasión por golpear a un oficial superior. Es encerrado en Lille, donde conoce a un pobre hombre preso con él por haber robado comida para sus hijos, el rebelde Vidocq tiene buen corazón, se compadece de él, y le cede su plan de fugas, es decir, una falsificación de puesta en libertad, el otro se fuga, pero a él le aumentan la condena en 5 años. No aguanta mucho e intenta fugarse también él. 

Varias fugas después, algunas sólo otras con ayuda de su novia, las apuestas empiezan a cruzarse en las tabernas. No se trata de si se fugará o no, sino de cuantos días tardará en escaparse una vez detenido. Solía usurpar personalidades diversas, y mientras la policía comprobaba su identidad aprovechaba para largarse. Que un fraile acudía a prisión a confortar a los presos, ¡mamporrazo! le quitaba el hábito, lo dejaba en paños menores, y salía tan ricamente disfrazado de inocente frailecillo. Que una joven moza visitaba a su querido amante en prisión, la amordazaba y ataba con las sabanas, y dejándola en enaguas, salía el mismo disfrazado de pudorosa doncella.   

Cuentan que en una ocasión la policía lo siguió a una taberna. Un sargento y cuatro hombres más se acercaron a él que estaba tranquilamente sentado tomándose una copa. "Si buscais a Vidocq, no tardará en aparecer. Ocultaos en esa despensa y cuando llegue os aviso". Les dijo tan campante. Luego evidentemente los encerró. 

También intentó fugas tradicionales, es decir, el clásico agujero en la pared. Pero su colega y él calcularon mal, Vidocq pudo entrar por el hueco, pero luego no podía salir y tuvo que gritar pidiendo auxilio. Varios días después cuando lo llevan a juicio observa como el guardia deja la capa y el gorro en una silla, se los apropia, se los pone, coge a un preso del brazo, y sale por la puerta como si lo llevara de vuelta a prisión.

No todas sus fugas salían bien, a veces acababan en auténtica chapuza, como la vez que lo encerraron con otros tres "fuguillas" que habían estado cavando un túnel en el suelo para caer al río y salir nadando, lo malo es que la celda estaba a más bajo nivel,  y fue el río el que acabó entrando en la celda, y los presos nadando y gritando para que los rescataran. 

En 1798 es condenado a galeras, un preso le facilita una lima, una peluca y un pantalón y camisa de marinero. Con la lima se deshace de los grilletes, saca una madera y se escapa a la ciudad. Allí con la peluca puesta y tras pedirle fuego al guardia de la puerta entra tranquilamente sin que le detengan. 

Es igual, pronto vuelve a estar detenido, pero ahora masca tabaco, se lo traga y finge ponerse enfermo. Trasladado a la enfermería, ¿a quién iba asaltar para procurarse un disfraz? Pues a la monja que lo atendía, y así, Françcois Vidocq  se va vestido de monja a los barrios bajos para unirse a una cuadrilla. 

Nuevamente es condenado a trabajos forzados. Se vuelve a hacer con una lima y escapa, pero le siguen los pasos. ¿Cómo despistar a los perseguidores? Fácil. Incorporándose a un cortejo fúnebre, y fingiendo estar absolutamente apesadumbrado por la trágica defunción, así traspasa las puertas de la ciudad sin que le pidan la tarjeta verde necesaria para salir.   

Corsario, falsificador, salteador de caminos campesino, comerciante, noble austríaco, profesor sobón de alumnas, fueron algunos de sus variopintos disfraces  o profesiones según le interesara. Al final harto de tanta fuga y cambio, optó por lo más insólito, ofrecer sus servicios a la propia policía.

En 1809 se presenta ante el general de la policia de París, Dubois, y le ofrece sus conocimientos y habilidades. Éste desconfía: "Si cumples una condena sin fugarte te dejaré que al salir te incorpores a la policía". Pero a Vidocq  lo de ir a la cárcel no le convencía, y hace una contraoferta. "Que sus mejores hombres me lleven a prisión, si me fugo en lugar de marcharme volveré aquí, y le demostraré que soy de fiar". El trayecto de comisaria era corto, iba a ir maniatado y custodiado por los mejores policías. El comisario acepta, la fuga es imposible. Antes de una hora, Vidocq se presenta en el despacho de Dubois: "¡Sus hombres parecen haberme extraviado, general!"  Y ese fue el final de la carrera delictiva de Vidocq que desde entonces y hasta su muerte en 1857 pasó a trabajar para el otro lado del la ley..

Vidocq escribió sus memorias, y sus historias sirvieron de base a numerosos escritores que crearon personajes basándose en sus andanzas. El cine y la literatura acabarían por convertir a Vidocq en una leyenda, aunque pocos saben que sirvió de base para los personajes de "Los Miserables, para Auguste Dupin de Poe, y dicen que incluso para el propio Sherlock Holmes. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario