LAS SANDALIAS DEL PECADOR

EL PAPA JUAN XII, EL FORNICADOR
Papa Juan XII

Octaviano nació allá por el año 937 en Roma. Hijo de Alberico II, príncipe de la ciudad, el muchacho prometía ya desde la infancia. Con el nombre de un emperador romano, y unas raíces entroncadas en lo más poderosos de la ciudad eterna, ¿qué se podía esperar del muchacho? Educado como soldado para ejercer el poder, se descuidó su formación cultural básica, y así apenas sabía hablar latín. Y lo que estaba bien para un gobernante medieval, no lo estaba tanto para un Papa. Pues el joven Octaviano acabó siendo elegido Sumo Pontífice con diecisiete añitos.

El nuevo Papa toma el nombre de Juan XII, iniciando la costumbre de cambiarse el nombre al subir al papado, aunque como príncipe de Roma insistía en que le llamaran Octaviano. Nada más hacerse con el gobierno de Roma, quiso dar muestras de su genio militar, y encabezó una expedición contra un señor feudal rebelde, que terminó con las tropas de Octaviano huyendo en desbandada, y él mismo Papa refugiándose en Roma, ya convencido de que la vida militar no era para él.

Visto que lo suyo no era extender los territorios, gastó los ingresos de los Estados Pontificios en rodearse de un ejército de matones, que no le servían para conquistar, pero sí para amedrentar al pueblo de Roma, y perpetrar las fechorías que al jovenzuelo se le ocurriesen, y se le ocurrieron unas cuantas (Cosas de la edad y las hormonas que diríamos hoy).

El emperador Otón II ante el Papa Juan XII 
En el palacio del Laterano se montó un bien surtido harén, y por sí eso no fuera suficiente, él y su panda se dedicaban a violar a toda peregrina que osase plantar sus pies en la iglesia de San Juan Laterano.

Al Papa además le gustaban los juegos de azar, sobre todo los dados, a los que apostaba enormes sumas, e invocaba la ayuda de dioses paganos (hay quien dice demonios) para que le ayudasen a ganar, brindando luego por ellos ante el altar de San Pedro. 

Que se jugara los dineros del Vaticano, era grave, que violará y fornicará a troche y moche también, pero cuando tuvo la genial idea de repartir tierras entre sus amantes, y nombrar a una señor feudal de las mismas, pasó los límites de lo tolerable en aquella época. Además de hacerlas gobernadoras de tierras, les regalaba cruces y cálices de oro robadas de San Pedro. ¡Una joya, el muchacho!

Pero las tropelías del desbocado Papa no tenían fin: ordenaba sacerdotes en establos, mantenía más de 200 caballos a los que alimenta con almendras e higos empapados en vino, brindaba por el demonio, castra a un diácono ocasionándole la muerte, ciega a su confesor, se acuesta con su sobrina... Aburrir desde luego no se aburría.

Sus alianzas varían según le interese, y lo mismo le entrega la corona imperial a Otón, que pacta con sus enemigos, sean, hunos, bizantinos, o bandidos italianos. El emperador alemán Otón II llega a deponerlo poniendo en su lugar a un nuevo Papa, mientras Juan se había dado a la fuga. Pero cuando el Pontífice regresa a Roma tras la retirada del emperador, en lugar de reformarse como todos esperaban, se tomó cumplida venganza: a uno le cortó la lengua, otro fue azotado, otro más perdió la mano. Asustados, todos los que habían conspirado contra Juan XII, llamaron de nuevo al emperador, pero éste no tuvo necesidad de intervenir. En el 964 con veintiséis años muere el Papa Juan XII de lo que oficialmente se denominó "muerte misteriosa".

Coronación de Oton II por Juan XII.
La realidad es que el incorregible Juanito se había ido a darse un revolcón, o a dar "una especial bendición" con cirio pascual incluido, a una devota feligresa. Nada trascendente si no hubiera sido porque al marido, llegado de improviso (¡que mala costumbre tienen algunos!),  no pareció sentarle muy bien el repentino celo místico de su cónyuge, y lo pagó con el aplicado pontífice. Algunos dicen que le dio tal somanta de palos que lo dejó muy mal parado, otros que le calentó las costillas con un martillo. El caso es que Juanete no sobrevivió más allá de tres días al "calentamiento global" que le aplicaron.

Juan XII pasó así a la historia como el sobrenombre del "Papa Fornicario", y aunque hoy nos resulte cuando menos chocante, tal comportamiento en alguien que ostentaba el título de "Santidad", no debemos olvidar, que la moral imperante, o el acceso a los cargos eclesiásticos, no se regían por las normas que hoy podríamos considerar correctas. De hecho los reproches que más se le hicieron al Papa tenían más que ver con temas económicos que con aspectos morales. Se ha defendido también que muchas de las acusaciones vertidas contra el Papa fueron en realidad infundios trasmitidos por los partidarios del emperador Otón II, y con posterioridad usados por la propaganda protestante antipapista.

Como es lógico para el creyente la poco edificante vida de Juan XII no supone ningún trauma, pues es capaz de diferenciar entre la persona y las creencias. Para el no creyente, que Juan XII fuera o no un nuevo "Calígula" no supone una diferencia apreciable en sus creencias o falta de ellas. Así hoy en día las "hazañas" del Papa Fornicario no dejan de ser una anécdota histórica, que si algo vienen a demostrar es que acumular demasiado poder suele corromper, y si sucede de forma fácil, rápida y a temprana edad, no suele aparejar consecuencias muy gratas para los gobernados.


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