UN CAZAFANTASMAS EN EL SIGLO DE ORO

DIEGO TORRES DE VILLARROEL Y LOS FANTASMAS

Retrato de Diego Torres de Villarroel
Diego Torres de Villarroel es todo un personaje, uno de esos individuos que viven su vida como una novela, apurándola al máximo, y viviendo cada experiencia al límite. Nació en Salamanca en 1694. Fue el hijo de un librero, que si bien inicialmente mantenía con acomodo a su numerosa prole, nada menos que dieciocho hijos, acabó por quebrar el negocio (con tanta boca que alimentar),  y ello ocasionó que Diego tuviera que buscarse pronto la vida. Morirá también en Salamanca en 1770 en el Palacio de Salamanca donde la Duquesa de Alba le había cedido unas habitaciones. Entre su nacimiento y su muerte había sido: médico, poeta, sacerdote, dramaturgo, matemático, catedrático de la Universidad de Salamanca, adivino, y escritor. Pero hoy aquí nos va interesar su faceta más curiosa, la de cazafantasmas.

El salmantino escribe "Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras del doctor don Diego de Torres y Villarroel" en 1743, aunque la novela sufrió añadidos y ampliaciones posteriores. Al gusto de la novela picaresca, tan de moda en su época, el escritor relata sus vida y andanzas con un desparpajo impresionante. Sin ser una de las mejores obras de la literatura del siglo de oro español, su "Vida" rezuma frescura (en todos los sentidos), y a pesar de que hemos de suponer que fantasea bastante, nos encontramos ante la biografía picaresca de un personaje real, lo que hace más interesante sus peculiares aventuras.


Según él mismo, es un tipo guapetón, rubio y de ojos azules, más parecido a alemán que a extremeño o castellano (O exagera o el retrato no le hace justicia). En cuanto a su forma de ser, pues todo un personaje: "A mi parecer soy medianamente loco, algo libre y un poco burlón, un mucho holgazán, un si es no es presumido y un perdulario incorregible." Vamos, "un piezas", el muchacho. El individuo llegó a montarse en su ciudad natal, un rentable negocio publicando almanaques y vaticinios, pronosticando sucesos que iban a acaecer, eso sí ocultos en misteriosos acertijos, mágicas combinaciones matemáticas, y tomaduras de pelo variadas, que solían devenir siempre en rotundos aciertos, por supuesto después de que ocurriera el hecho y alguien desentrañara el jeroglífico, es decir a "posteriori". Pero lo que nos interesa aquí es como se convirtió en cazafantasmas, (y firme candidato a aparecer en "Cuarto Trilenio")  
Antes de nada hay que decir que Don Diego no cree ni en fantasmas, ni duendes, ni nada parecido: "Las brujas, las hechiceras, los duendes, y sus relaciones, historias y chistes me arrullan, me entretienen y me sacan al semblante una burlona risa". El muy bribón usaba la superstición y el temor de los más simples para su propio beneficio, y eso es algo que no se molesta en ocultar a lo largo de toda su obra. Por eso lo que cuenta sobre su experiencia con fantasmas, hay que tomarlo como de quien viene, un experto timador y buscavidas.  

En Madrid  en 1723 entra en contacto con un fraile con quien pretende meterse en el negocio del contrabando: "... un clérigo burgalés, tan buen sacerdote que empleaba los ratos ociosos en introducir tabaco, azúcar y otros géneros prohibidos." Pero antes de embarcarse juntos en la aventura, a Diego (y yo sospecho que al fraile también) le surge un inesperado trabajo. Según sus propias palabras se encuentra con un servidor de la condesa de Arcos que le solicita sus servicios para desencantar el palacio de la aristócrata: "Estaba el hombre tan trémulo, tan pajizo y tan arrebatado como si se le hubiera aparecido alguna cosa sobrenatural. Balbuciente y con las voces lánguidas y rotas, en ademán de enfermo que habla con el frío de la calentura, me dio a entender que me venía buscando para que aquella noche acompañase a la señora condesa, que yacía horriblemente atribulada con la novedad de un tremendo y extraño ruido que tres noches antes había resonado en todos los centros y extremidades de las piezas de la casa.

El espabilado Diego ve su oportunidad, buena cama, mejor cena, y a lo mejor se lleva algo de premio. Se encamina a la calle Fuencarral al palacio de la condesa, donde encuentra a la aristócrata y a todo el servicio "acollonats"(como dicen en tierras valencianas). Tres noches atrás un extraño y continuo ruido no les había dejado dormir. Torres echa mano de su encanto, quita importancia al asunto, y les propone encargarse él del asunto como buen profesional que es. Registra la casa hasta los más recónditos lugares, y luego como es de rigor, cena abundantemente, pues ha de estar preparado para la guardia nocturna. Apiñan en el salón hasta 14 camas donde duermen todos mezclados para protegerse del terrible fantasma. Bueno, todos no...¡El intrepido cazafantasmas se apresta a capturar al insolente espectro! Sentado en una silla, con un candelabro de cuatro velas, y una espada oxidada, comienza su guardia.  

El vigilante se duerme plácidamente en la silla, y son unos golpes y los gritos de los apelotonados durmientes los que le despiertan a la una de la mañana. Sale raudo a investigar blandiendo su vetusta arma. Registra la casa siguiendo los sonidos, y no encuentra nada. De cuarto en cuarto de hora se repiten los sonidos, y continúan así hasta las tres y media de la mañana. Luego el fantasma, cansado, se va a dormir.

Durante once días siguen los golpes, los ruidos, y los espantos, sin que el ineficaz cazador de duendes avance mucho en sus pesquisas o desembrujos. Pero la condesa no abandona la casa, sino que como Torres afirma, busca un lugar donde esconderse: "...trató de esconderse en el primer rincón que encontrase vacío, aunque no fuese abonado a su persona, grandeza y familia dilatada."  (No especifica donde se esconde la dama, pero él parece tomárselo un poco a chirigota).

Después de tan larga estancia llega la apoteosis final. La última noche después de los esperados ruidos, Diego Torres sube, esta vez sin la cochambrosa espada que deja por inútil, a los pisos superiores. Allí en una sala del servicio, alguien le apaga las luces, tanto las que lleva como dos que había en la habitación. Para rematar, en la más absoluta oscuridad, suenan cuatro estruendosos golpes que lo dejaron ..."sordo, asombrado, y fuera de mí" ( fina forma de decir que se lo hizo encima). Por si no fuera suficiente, en el piso de abajo se desprenden 6 enormes cuadros de golpe. ¿Qué hace entonces el valiente perseguidor de espíritus? Que lo cuente él mismo: "Inmóvil y sin uso en la lengua, me tiré al suelo, y, ganando en cuatro pies las distancias, después de largos rodeos, pude atinar con la escalera. Levanté mi figura, y, aunque poseído del horror, me quedó la advertencia para bajar a un patio, y en su fuente me chapucé, y recobré algún poco del sobresalto y el temor." Es decir que, huye a oscuras, a cuatro patas, y deambula por la casa, cual conejo perseguido por lebrel, hasta dar con la escalera.

Una vez refrescadito en la fuente del patio vuelve a entrar en la casa, y se dirige al saloncito para hablar con la condesa de Arcos: "Entré en la sala, vi a todos los contenidos en su hojaldre abrazados unos con otros y creyendo que les había llegado la hora de su muerte". Mucho miedo dice tener, pero se permite cachondearse de la contratante y sus criados. Reconociéndose vencido, recomienda a la condesa que abandone el encantado edificio, y él con ella. Durante dos años vivirá Torres de Villarroel a costa de la aristócrata:" ...y paso a decir que su excelencia y su caritativa y afable familia se agradaron tanto de mi prontitud, humildad y buen modo (fingido o verdadero), que me obligaron a quedar en casa, ofreciéndome su excelencia la comida, el vestido, la posada, la libertad y, lo más apreciable, las honras y los intereses de su protección."

¿Que fue de los protagonistas de esta historia? La condesa abandona una casa que no era suya, y que posiblemente ocupaba sin pagar, o pagando renta baja (nueva modalidad de echar a inquilinos molestos). El fraile contrabandista libera a Diego de su palabra de acompañarle a contrabandear, se marcha por su cuenta (eso sí después del asunto del "fantasma", y acaba preso en el Castillo de San Antón en La Coruña (cualquier día me paso a ver si anda su fantasma por el castillo). Del fantasma nunca más se supo, tal vez eligió un destino más húmedo. ¿Y qué se hizo de Don Diego?

"Yo me quedé en la casa de esta señora, quieto, honrado, seguro y dando mil gracias a Dios que, por el ridículo instrumento de este duende o fantasma o nada, me entresacó de la melancólica miseria y de las desventuradas imaginaciones en que tenía atollado el cuerpo y el espíritu."

Diego Torres de Villarroel es hoy uno de esos escritores casi desconocidos del siglo de oro español. No tiene el genio de Cervantes, la cultura de Góngora, la habilidad de Lope, o el fino humorismo de Quevedo, pero no cabe la menor duda de que era todo un "personaje", aunque como cazafantasmas no tuviera mucho éxito.

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