LA EXTRAÑA EXPEDICIÓN CARTAGINESA

EL PERIPLO DE HANNÓN EL NAVEGANTE 
Ruinas de Cartago. Túnez.
En el siglo VI a.C. o tal vez en el siglo V a.C, que ni en eso se ponen de acuerdo los investigadores, Cartago decidió enviar una expedición en dirección Oeste para abrir nuevas rutas y comercios en el continente africano. Cartago, que funciona como una República, encargó a uno de sus altos magistrados, sufetes, de nombre Hanon que dirigiera la expedición. Si este sufete era Hanon I (580-556 a.C.) o Hanón II (480-440 a.C) aún no ha quedado claro, pero lo que si parece indiscutible, es que el navegante salió de Cartago al frente de una considerable flota.  

Representación de una Pentecontera en cerámica griega. 530 a.C.
I. Los cartagineses decidieron que Hannón había de navegar más allá de las Columnas de Hércules y fundar ciudades libiofenicias. Se hizo a la mar con sesenta pentecóntoras y unos treinta mil hombres y mujeres, así como provisiones y todo lo necesario.

Por lo que se ve la expedición tenía dos objetivos: El primero, fundar colonias, y un segundo, el exploratorio, seguramente en busca del oro africano. Las pentecónteras eran galeras de guerra de cincuenta remos, muy apropiadas para explorar por su maniobrabilidad y rapidez, pero poco adaptadas a llevar pasajeros o mercancías para lo que se usaban los gaulos o bañeras, naves barrigonas de transporte y resistentes. Imaginamos que la flota de Hannon llevaría de los dos tipos.

II. Después de navegar dos días más allá de las Columnas de Hércules, fundamos la primera ciudad, que llamamos Thimisterion. Detrás de ella había una gran llanura.

III. Navegando desde allí hacia Occidente, llegamos a Soloeis, un promontorio libio cubierto de árboles. En él fundamos un templo a Poseidón.

El lugar donde fundan un templo es el Cabo Cantín (32º 37') en el actual Marruecos. El texto que contenía el relato de la expedición se encontraba en el templo de Baal en Cartago (hoy perdido), pero lo que nos ha llegado es un manuscrito medieval con la traducción griega del mismo, de ahí la referencia al dios Poseidón, cuando el nombre fenicio del dios sería Yam.
  
IV. Caminamos medio día hacia el Este y encontramos un lago, no lejos del mar, cubierto de una gran aglomeración de altas cañas, en las que pacían elefantes y muchos otros animales salvajes.

El lago al que llegan es en realidad el estuario de un río, el río Tensift (Marruecos), aunque ya no quedan elefantes en la zona.

Soldados cartagineses.
V. A una jornada de este lago, fundamos ciudades en la costa que se llamaron Karikón Teijos, Gytte, Akra, Melitta y Arambys.

Las fundaciones serían: Karikón hoy Mogador y Akra se correspondería con Agadir. Todas serían colonias localizadas entre Marruecos y el Sahara. Incluso hay quien ha identificado Arambys con Marrakech.

VI. Dejando aquello llegamos al ancho río Lixos, que viene de Libia, junto al que unos nómadas, llamados lixitas, hacían pastar sus rebaños. Estuvimos algún tiempo con ellos y quedamos amigos.  

Estos nómadas, que además saben hablar púnico, son posiblemente un pueblo de bereberes que comerciaban o mantenían algún tipo de contacto con Cartago. Luego mencionaran que los llevan como interpretes, lo que demuestra que tienen intención de explorar más allá de las colonias que vayan fundando. A estas alturas suponemos que ya quedan menos barcos, y gentes en la expedición.

VII. De allí hacia el interior habitaban los inhospitalarios etíopes en un país cercado por altas montañas y lleno de animales salvajes. Dicen ellos que el río Lixos nace allí, y que entre las montañas viven trogloditas de raro aspecto, y que, según los lixitas, pueden correr más rápidamente que los caballos.


Escena nilótica. S.I. Pinturas pompeyanas. M. Napoles
Los etíopes es una forma genérica de denominar a tribus de raza negra, lógicamente no son etíopes de verdad, pues están en la otra punta de África. El río Lixus es el río Draa en Marruecos, que marca la frontera de las tierras fértiles antes de entrar en zona desértica. Los cartagineses seguramente tenían información por sus vecinos bereberes de toda esta zona, pero más abajo del desierto entrarían en "terra ignota". Ya empiezan a narrar hechos más o menos extraordinarios que pongan de relieve lo impresionante de sus hazañas, y que disuadan a competidores de otras naciones a seguir sus pasos. En este caso los trogloditas velocípedos que dejan en pañales a superheroes como Flash o Mercurio.  

VIII. Tras tomar a algunos lixitas como intérpretes, navegamos hacia el Sur, a lo largo de la costa del desierto, durante dos días, y después, un día más, hacia el Este, y encontramos una islita de cinco estadios (un kilómetro aproximadamente) de circunferencia, en el extremo más lejano de un golfo. Nos establecimos allí y le llamamos Cerne. Por nuestro viaje consideramos que el lugar estaba completamente opuesto a Cartago, ya que el viaje desde éste a las Columnas y de éstas a Cerne era completamente semejante.

Cerne es Dajla (nuestra Villa Cisneros) en el Sahara Occidental, y el nombre púnico significa "última morada". La expedición ha desembarcado a sus últimos civiles, y ha creado lo que será la base de exploración para la segunda fase de la expedición: Explorar territorio desconocido, y tal vez encontrar la fuente del oro africano. Ahora realmente empieza la aventura hacia lo desconocido, y por eso se hace imprescindible la presencia de interpretes y guías, aunque parece que los lixitas no se ganaban muy bien el sueldo, y les contaban cuentos a los cartagineses para tenerlos contentos.

IX. De allí, remontando un gran río llamado Jretes, llegamos a un lago en el que había tres islas más grandes que Cernes. Para terminar la jornada, llegamos desde allí al final del lago, dominado por algunas altas montañas pobladas por salvajes vestidos con pieles de fieras, que nos apedrearon y nos golpearon, impidiéndonos desembarcar.

X. Navegando desde allí, llegamos a otro amplio río lleno de cocodrilos e hipopótamos. Desde allí volvimos atrás y regresamos a Cerne.

Ahora Hannón y sus amigos se adentran en el río Senegal, y claro los nativos que no les deben ver buenas intenciones, les apedrean. Siguen la navegación y, posiblemente lleguen al río Gambia, e incluso al río Siwa o Bo en Sierra Leona, con una laguna costera de agua dulce, en la cuál efectivamente podría haber los animales mencionados.

XI. Desde allí navegamos doce días hacia el Sur, pegados a la costa, que estaba toda habitada por los etíopes, quienes no se quedaban en sus tierras, sino que huían de nosotros. Su lengua era ininteligible, incluso para nuestros lixitas.

XII. El último día echamos el ancla junto a unas altas montañas cubiertas de árboles, cuya madera era de suave aroma.

XIII. Durante dos días las rodeamos y llegamos a un inmenso golfo, en cada una de cuyas orillas había una llanura, en las que, de noche, veíamos hogueras grandes y pequeñas que ardían a intervalos por todas partes.

Después de costear lo que hoy serían los territorios de Senegal, Gambia, Guinea Bissau, Sierra Leona y Liberia, llegan al cabo Palmas, frontera entre Liberia y Costa de Marfil.

XIV. Hicimos aguada allí, y navegamos durante cinco días a lo largo de la costa hasta llegar a una gran bahía que nuestros intérpretes llamaban El Cuerno del Oeste. En ella había una amplia isla en la que desembarcamos. De día no podíamos ver nada más que el bosque; mas por la noche distinguíamos muchas hogueras y oíamos sonidos de flautas, tañer de címbalos y tímpanos, y gran estrépito de voces. El terror se apoderó de nosotros y los adivinos aconsejaron abandonar la isla.

Llegados a esa isla misteriosa situada en algún punto entre el cabo de Palmas (Libería) y la bahía de Lagos en el golfo de Benín (Nigeria), los expedicionarios, que ya no deben ser muchos, se encuentran con una situación desagradable: una selva tupida en la que no se ve nada por el día, pero que al llegar la noche se vuelve aterradora, hogueras, tambores, aullidos, etc. Los espabilados de los adivinos, que eran imprescindibles en las expediciones fundacionales, llegan a una conclusión inmediata, o salen de allí, o pueden ir pensando en ser parte integrante de un nuevo menú local, "cartaginés a la cazuela". Para semejante conclusión no hacia falta leer el vuelo de los pájaros, orar a los dioses, o mirar las tripas de un pez muerto, digo yo.
   
Monte Camerún
XV. Navegamos, pues, apresuradamente y pasamos frente a una costa ígnea llena de incienso ardiente, grandes corrientes de fuego y lava fluían hasta el mar, y era imposible acercarse a tierra a causa del calor.

XVI. Dejamos aquello de prisa por temor, y durante cuatro días de navegación vimos de noche la tierra envuelta en llamas. en medio había una llama altísima, mucho más que las otras que llegaba, al parecer, a las estrellas. De día vimos que se trataba de una montaña muy alta, llamada el Carro de los Dioses.

XVII. Navegando desde allí durante tres días pasamos corrientes ardientes de lava, y llegamos a un golfo llamado el Cuerno del Sur.

Como es evidente nuestros audaces exploradores han topado con un volcán en plena erupción, que era ya lo que les faltaba. Algunos investigadores afirman que se trata del monte Camerún o Monte Fako, que es un volcán aún activo (última erupción en el año 2000), y que domina una amplia zona volcánica. En 1986 en el cercano lago Nyos las emanaciones de dióxido de carbono de este lago volcánico mataron a 1800 personas y 6000 cabezas de ganado. El terror de los cartagineses estaba más que justificado.

Atractiva hembra de gorila con mirada libidinosa.
XVIII. En el centro más lejano de esta bahía había una isla como la anterior, también con un lago en el cual había otra isla llena de salvajes. Desde lejos, la mayor parte eran mujeres con cuerpos peludos, a las que nuestros interpretes llamaron gorilas. Las perseguimos, pero no pudimos capturar a ningún hombre, pues todos ellos, acostumbrados a trepar por los precipicios, se escaparon, defendiéndose tirándonos piedras. Cazamos tres mujeres, que mordieron y magullaron a los que cogían, no dispuestas a seguirles. Las matamos al fin y, desollándolas, llevamos sus pieles a Cartago. No navegamos más allá porque se acababan nuestras reservas. 

Esta es posiblemente la parte del periplo más controvertida, y que más especulaciones ha generado. Los cartagineses al mando de Hannón llegan  tal vez al estuario del río Gabón. En este lugar topan con una peculiar tribu peluda, llamada "gorilas". Los marineros púnicos quizás hambrientos de amor se dedican a perseguir a las "atractivas" hembras, ya que los varones han emprendido la fuga trepando y tirándoles piedras. Una vez capturadas tres bellas velludas, éstas se resisten a los manoseos de los marinos, a los que muerden y lesionan (suerte tuvieron de que no les arrancaran la cabeza. ¡Si es que los hay brutos!). Hartos los exploradores de la poca disponibilidad de las féminas acaban con ellas antes de que ellas acaben con todos los marineros cartagineses, y luego como prueba de la hazaña se llevan su piel . Se ha especulado con que la tal tribu de "gorilas" no eran gorilas de verdad, sino chimpances o incluso pigmeos, pero la verdad dada la descripción y el hecho de que se llevaran las pieles de recuerdo no parece avalar esas hipótesis.

Y visto que el viaje se tornaba peligroso, se les acababan las provisiones, las corrientes se les ponían en contra (según afirman algunos investigadores), y las tribus eran poco dadas a confraternizar, los cartagineses de Hannon volvieron a casa, con unas cuantas pieles y una increíble historia que contar.

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