UN PÍCARO EN LA CORTE DE LOS TUDOR

LOS CRÍMENES DE LA ROSA BLANCA


Título original: The White Rose Murders


Autor: Michael Clynes


Año de Publicación: 1991


País: Inglaterra


Marco Temporal: 1517


Marco Espacial: Inglaterra


Un anciano Roger Shallot dicta sus memorias a un capellán. Sus recuerdos se remontan a los primeros años del rey Enrique VIII de Inglaterra. El viejo Sir crítico con todo y todos, relata los macabros acontecimientos en que se vio envuelto, los crímenes y conspiraciones que debido a su aguda inteligencia ayudó a desentrañar o resolver. Desde su nacimiento Shallot recapitula rápidamente los acontecimientos de sus primeros años de juventud, sus pillerías, sus malos pasos que lo conducen hasta el pie de la horca de donde es rescatado por Benjamin Daunbey. Desde ese momento el joven pícaro entra al servicio de su salvador y antiguo compañero. En 1517 el poderoso cardenal Wolsey les encarga una misión cerca de la reina viuda de escocia, Margarita. El encargo se complica cuando se produce un asesinato del cual sólo queda como pista una rosa blanca en el escenario del crimen.

Michel Claynes inicia con "Los crímenes de la Rosa Blanca" la serie de novelas que tiene como protagonista a Roger Shallot. Shallot es el espabilado protegido del sobrino del cardenal Wolsey, Benjamin Daunbey. Juntos los dos jóvenes se verán inmersos en toda serie de crímenes y asesinatos en los tiempos de Enrique VIII. El grupo de novelas la componen hasta el momento 6 libros. En esta primera novela además de presentarnos al peculiar protagonista, nos introduce de lleno en el siglo XVI inglés.

Michel Claynes es uno de los múltiples seudónimos que utiliza Paul Doherty un auténtico especialista en novelas de misterio de ambiente histórico. Doherty, según quien protagonice sus novela, el contexto histórico, o el tono de la narración, cambia el seudónimo y abre nueva saga. Con tales antecedentes y más de 100 libros a sus espaldas, es difícil esperar que sus novelas pasan del entretenimiento ligero, pero no es así, al menos no en la saga dedicada a Shallot. El protagonista de "Los Crímenes de la Rosa blanca" combina lo mejor de las novelas de detectives históricos, (explotadas en exceso todo hay que decirlo), con la simpatía de los personajes de la novela picaresca del siglo XVI. Los comentarios de Shallot son despiadados, pero a la vez pueden poner una nota de humor en los momentos más trágicos o sórdidos. Historiador y director de un colegio, el autor demuestra su especial habilidad para contarnos una historia, hacerla amena, y además enseñarnos algo. Las aventuras de Shallot destacan dentro de la mediocridad que impera en muchas novelas históricas de misterio.

"Si queréis un verdadero bastardo, procuraos un abogado. Uno de estos diablejos de Satán llegó desde Middle Temple ofreciéndose para hacer un inventario de mis bienes con objeto de que yo pudiese hacer testamento. "Después de todo - comentó, mirándome taimadamente -, dejáis una considerable cantidad de vástagos." Pregunté al bastardo que quería decir. Y, mirándome de soslayo con descaro; me replicó: "¡cuántos mozos y doncellas de las localidades vecinas ostentan más que una circunstancial semejanza con su persona!". Mi pequeño pedorrero de capellán asiente, pero no me avergüenzo. He sido, de muchos modos, un genuino padre para mi gente. Sea lo que fuere, ¡volvamos a nuestro hombre de leyes! Pronto borré la sonrisa burlona de su necia cara cuando le pregunté si era un buen corredor. "Rápido como una liebre", declaró.  

Confié que lo fuera. Le concedí cinco minutos de ventaja y solté los perros tras él.

¡Ah, sí mis memorias!... Si no comienzo pronto el capellán pretenderá que se siente desvanecer de hambre. Si lo que queréis es oír hablar del crimen, así se hará. Horribles muertes sangrientas. Muertes por garrote vil, por arma blanca, por veneno. Muertes a plena luz del día, muertes en las sombras cuando el ángel de las tinieblas extiende sus sempiternas alas negras. Muertes en palacios, muertes en tabucos infestados de ratas, en campo abierto y en mercados populosos. Muertes en los calabozos, asesinatos en las iglesias. ¡Oh, Señor, las he visto de todos los colores con el paso del tiempo! He visto el crimen judicial, aquellos que murieron a manos del verdugo, izados del dogal, medio descabezados de un tajo, arrojados sobre la mesa del matarife, con sus humeantes cuerpos descuartizados. Corazón, entrañas y genitales arrancados a cuchilladas, y el resto, obra de Dios, cortado a cuartos y tirado como despojos en las sacas de desperdicios. He visto en Simthfield a mujeres hirviendo vivas en grandes calderas de cobre, y a otras encadenadas quemarse sobre llamas de fuego devorador."

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