EL REY SÁTIRO

Fernando VII. Goya.  M. Prado.
FERNANDO VII Y EL SEXO

Fernando VII nació en 1784 en San Lorenzo de El Escorial y murió en Madrid en 1834. Este rey, hijo de Carlos IV, pasó de ser el Príncipe Deseado al Rey Felón. Durante sus años de gobierno demostró ser uno de los reyes más nefastos que hayan pasado por España, y de esos hemos tenido una buena ración. Al margen de sus dudosas habilidades de gobierno, la relación de Fernando VII con el bello sexo siempre fue ...digamos que peculiar.

M. Antonia. 1805. Lopez Portaña. 
Educado en la corte por religiosos el joven Fernando aunque muy bien preparado en materias varias, de mujeres pues la verdad no sabía mucho. Siendo el heredero del trono era lógico que pronto le buscaran una digna princesita para perpetuar la dinastía, y así ocurrió. En 1802 lo casan con su prima, María Antonia de Nápoles, hija de su tío Fernando IV de Nápoles. Ambos jóvenes están a punto de cumplir 18 años, y a diferencia de lo que ocurre ahora, aquello de las relaciones maritales les suena a chino. Durante un año la parejita no consumó el matrimonio, según unos por el retraso hormonal que tenía el príncipe, según otros por la repugnancia que sentía la princesa hacia su primito, los más insistían en el absoluto desconocimiento del tema que tenía el príncipe, y la poca atracción que había entre los esposos. Fernando era enclenque, enfermizo, de nariz torcida, y labio inferior caído. Cuando su prima se encontró con semejante adefesio le escribió a su madre que al verlo por primera vez estuvo a punto de desmayarse. Con el tiempo María Antonia le escribe a su madre calificando a su marido de auténtica "nulidad". Según las crónicas la primera noche cuando vio desnuda a su esposa se limito a lanzar gruñidos y grititos, se arrojó sobre sus senos, los chupeteó y sobó un rato, y luego dejó a su mujer plantada para irse a zurcir zapatillas. María Antonia le escribió a su madre:"Es un memo."

Ya los médicos de la corte estaban preocupados: "El príncipe sufre de impotencia". Supongo que pensarían en remedios o apaños varios, pero la Naturaleza se les adelantó. Una noche príncipe y princesa descubrieron que tenían algo en común, no podían soportar a Manuel Godoy, primer ministro y amante de la reina María Luisa. Fernando, extasiado, descubrió en su mujer un atractivo que no había visto, y se despertó en él toda su sexualidad. Se conoce que tener enemigos comunes aumenta la líbido. Las siguientes cartas de María Antonia a su madre han cambiado el tono: "No me lo puedo quitar de encima" y mi marido es "un auténtico fauno y macho cabrío". Y es que efectivamente a Fernando le había despertado la sexualidad tarde, pero ¡cómo le había despertado! Las hormonas que habían llegado con retraso debieron de querer compensarlo porque le proporcionaron al príncipe un "Real miembro", vamos un pene descomunal y de extraño aspecto, la descripción no tiene precio:"..su miembro viril es fino como una barra de lacre en la base, y tan gordo como el puño en su extremidad; además, tan largo como un taco de billar." María Antonia soporta las atenciones del principe como puede, y tras dos abortos, fallece en 1806 sin haber dado un heredero al trono. Las malas lenguas afirmaron que fue envenenada por Godoy y la reina. El parte oficial achacó su deceso a la tuberculósis. Creo que debió de ser más esto último porque es que su marido la tenía agotadita. Andaba escapada por palacio porque el otro no paraba, y donde la pillaba ¡zas! Así se consumió la pobrecita.

Ya tenemos a un Fernando compuesto y sin novia. Evidentemente con sus "dotes" no iba a pasar mucho tiempo sin buscarse una sustituta, pero las candidatas a esposa de semejante individuo no debían de abundar. Los amigotes para ganarse su aprecio le llevan a casas de mala vida, vamos para entendernos prostíbulos. Aconsejado por un Duque, el de Alagón, y por un simpático aguador apodado Chamorro, recala en el burdel de Pepa "La Malagueña" en la calle de Ave María, que ya tiene guasa el nombre de la calle. Sus hazañas amatorias son pronto conocidas en todo Madrid, y pronto el desenfrenado príncipe no se conforma y se hace llevar vírgenes a palacio, coleccionando después las pruebas del desvirgamiento. Tanto iba al burdel que incluso unos conspiradores planean acabar con él durante una de sus visitas.

M. Isabel. López Portaña.
En 1816, ya convertido en rey, se casa con su sobrina, María Isabel de Braganza, hija de su hermana Carlota y del rey de Portugal Juan VI. Se trata de un matrimonio de estado, que al rey no agrada demasiado. La nueva reina no es muy agraciada, y a pesar de ser culta y aficionada al arte, su sosería amatoria no es precisamente lo que busca el rey. El pueblo la moteja de tonta, gorda y fea, y llegan a pintar en las paredes de las calles versos burlescos, pues además viene escasa de dote: "Fea, pobre y portuguesa...¡Chupate esa!."  Ella se dedica al arte y a juntar cuadros para un nuevo museo nacional ( el Prado), y él a sus puteríos. Cansada de estar sola, una noche la reina se maquilla y viste como una de las mujeres de mala nota que tanto gustan a su esposo, y le espera en lo alto de las escaleras. Fernando llega de sus correrías y se encuentra a su mujer de tal guisa. No llegaron al cuarto. La consumación fue en plan aquí te pillo aquí te mato. En agosto de 1817 nace una niña que sobrevive 4 meses. En 1818 la reina vuelve a estar embarazada. En diciembre, ya avanzado su estado de gestación, sufre un desfallecimiento que los médicos confunden con la muerte, la abren para extraer el feto y...se despierta. Del resto mejor ni hablar. Fernando vuelve a quedar viudo.

M. Josefa. 1820.F. Lacoma
Aunque el rey ya había encontrado otros medios de desfogar sus ardores, el reino necesitaba un heredero, y se busca una nueva candidata al tálamo real, María Josefa Amalia de Sajonia. En 1819 la joven de 16 años, educada en un convento y sin conocimiento de lo que le espera, se casa con un Fernando entusiasmado con la juventud y belleza de la nueva. La noche de bodas fue antológica. La buena de María Josefa llegó sin conocimiento de lo que había de acontecer. Cuando vio como su real marido desenfundaba el descomunal taco de billar y se lanzaba a toquetearla sin miramientos, pegó un grito y se puso a correr por todo el cuarto. El rey gordo y gotoso no alcanza a a atraparla, y lo que empieza siendo un juego excitante comienza a enfadarlo cada vez más. Cuando tropieza y se cae, el rey monta en cólera, llama a su hermana y a la camarera real encargadas de la preparación de la reina. Les llama de todo menos guapas. La joven reina les dice que se tranquilice, que si quiere un hijo, juntos le escribirán a la cigüeña como le habían explicado las monjas, pero que lo otro la condenaría a las llamas del infierno. El rey les da un plazo de 15 minutos para preparar a la alemana (que tampoco hablaba muy bien el español, hay quien dice que nada). Cuando regresa el monarca, María Josefa está dispuesta al sacrificio, le han metido el miedo en el cuerpo, y le han recomendado que no provoque la cólera real. La muchacha empieza a temblar de pavor y a sentir retortijones de pánico. El intento de consumar el acto de Fernando provoca en la muchacha una reacción fisiológica inesperada, se le sueltan los esfínteres y la cama se inunda y no precisamente de regio perfume. Ante el enlodamiento del tálamo nupcial al rey se le pasan las ganas, y sale también él "defecándose", aunque en su caso metafóricamente, en todo lo habido y por haber. Durante días no quiere ni ver a la cagona. María Josefa se niega a someterse al ataque del príapo monárquico. Fernando escribe una carta al Papa reclamando la anulación. Sus términos son tan duros que los consejeros le recomienden que la suavice. "¡Demasiado suave! ¡O yo jodo de una vez a esa beata o que el Santo Padre anule mi matrimonio!" es la respuesta real. Pio VII le escribe una carta a la reina conminándola a cumplir su débito, y garantizándole que si rezan antes un rosario no irá al infierno. En 1829 la reina muere sin haberle dado a la corona ningún descendiente. Previamente habían peregrinado anualmente a tomar las aguas de Solán de Cabras beneficiosas para los embarazos, hasta que Fernando harto soltó una de sus frases: "¡En estos viajes acabaremos todos preñados menos la reina!"  

M. Cristina 1830. López Portaña
La última esposa del fogoso monarca  será otra de sus sobrinas, María Cristina de las Dos Sicilias, hija de su hermana menor y de Francisco I de las Dos Sicilias.  En diciembre de 1829 Fernando de 45 años se casa con una mujer  de 23. María Cristina es una mujer de buen cuerpo, considerada por muchos hermosa por su agradable sonrisa, y al contrario que la anterior más que dispuesta al juego amatorio. Fernando al fin ha encontrado a su media naranja, pero los años no han pasado en balde, y más que 45, el rey, debido a sus excesos, parece que tenga 80. Su "pichona", como denomina a María Cristina, está dispuesta a engendrar, sin embargo los médicos de la corte han llegado a la conclusión de que "...el rey Fernando VII tenía el miembro viril de dimensiones mayores que de ordinario, a lo que atribuyese el no haber tenido sucesión en sus tres primeras mujeres". Como consecuencia se inventa un artilugio para que Fernando, ya bastante achacoso, pueda practicar el coito con la juguetona María Cristina, y engendre el heredero esperado. Se trata de una almohadilla perforada en el centro, de 3 o 4 centímetros de espesor, a través de la cual el regio miembro debía introducirse y que no debía sacarse hasta haber terminado. En mis cortas entendederas no sé yo muy bien en que iba eso a ayudar a engendrar un hijo, y más bien parece precaución destinada a evitar que traspasara de parte a parte a la reina o le causara graves lesiones con su famoso palo de billar, ya que al parecer las anteriores no habían sobrellevado muy bien los encuentros amorosos de Fernando. En cualquier caso, no sabemos si gracias al invento o no, la reina María Cristina le dio dos hijas al rey: Isabel y María Luisa Fernanda.  De sus encuentros con María Cristina, aquejado de gota, gordo, con retención urinaria, y una hernia, sale agotado, sin fuerzas para ir a los burdeles que abandona totalmente. Ahora el rey jura y lamenta sus excesos de juventud pues la reina es "ardiente e infatigable en sus juegos y escarceos amorosos". En tres años lo lleva a la tumba. Fernando muere el 29 de septiembre de 1833, y María Cristina contrae un matrimonio secreto con el sargento de su guardia de Corps, Agustín Fernando Muñoz, el 28 de diciembre de ese mismo año, en una especie de inocentada final al fallecido "Rey sátiro."

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