ACUSADOS MUY PARTICULARES

LOS JUICIOS MEDIEVALES CONTRA ANIMALES 

El ser humano a lo largo de su historia ha realizado grandes obras de arte, magníficos adelantos tecnológicos, espectaculares obras de ingeniería, demostrando que es capaz de las mayores genialidades, pero también en ocasiones ha cometido actos de una estupidez suprema. Un ejemplo de esto último fueron los juicios que se siguieron contra diversos animales, acusados de todo tipo de crímenes, que por supuesto terminaron por ver como sobre ellos caía todo el peso de la ley. Estos juicios tuvieron una cierta importancia en la Europa medieval, llegándose sobre todo en Francia a situaciones totalmente absurdas.

Desde el siglo IX hasta el siglo XVIII varios animalillos tuvieron que dar cuenta de sus actos ante serios tribunales humanos, que en ocasiones los condenaron y en otras los absolvieron. No podemos olvidar que durante muchos siglos los animales domésticos convivieron de forma muy cercana con los humanos, campando por las calles y las casas a sus anchas, y esto, por supuesto creaba problemas de convivencia. Si hoy tener un adolescente en casa es como convivir con un gorrino, imaginaos vivir con uno de verdad. Pues efectivamente los cerdos fueron los criminales más encausados del reino animal, y eso que en varias ocasiones se procedió a dar un castigo ejemplar con ellos para evitar su reincidencia, pero ni con esas, se conoce que además de guarros son tozudos.

En  septiembre de 1379 dos rebaños de cerdos, pertenecientes a un monasterio francés, se pusieron nerviosos y atacaron y mataron a un tal Perrinot Muet, quien con el hambre que se pasaba en la Edad Media seguro que los miraba con cara de quererse hacer un churrasco. Los habitantes del pueblo cercano al monasterio, clamaron justicia, los criminales no debían escapar a la justicia, aunque yo más bien pienso que estos querían su parte en las chuletas. El abad del monasterio que vio que se iba a quedar sin cerdos, escribió al Duque de Borgoña, solicitando el indulto, aunque reconoció que al menos 3 de los culpables, debían ser juzgados y condenados. El Duque se lo concedió, y suponemos que el monasterio salvó lo principal del rebaño, pero tres de sus componentes fueron ajusticiados para regocijo de los estómagos del pueblo. Aunque la realidad es que los animales ejecutados no podían ser comidos.

Pero lejos de escarmentar, el pueblo porcino insistió en sus tropelías, y unos años más tarde también en Francia, concretamente en 1394, un cerdo impío se introdujo subrepticiamente en una iglesia y se comió una oblea consagrada (también los cerdos pasaban hambre). El sacrílego fue juzgado, encontrado culpable, y condenado a la horca donde pereció como lo que siempre fue, un marrano.

En 1404 en la Borgoña tres cerdos se comieron a un bebé, por lo que fueron llevados a juicio, y finalmente sentenciados a muerte. Y en 1457 en Savigny esta vez una cerda actuó con la colaboración de sus lechones en la muerte de un tal Juan Martín al que se comieron. Pero en este último caso como no se probó que los lechones participaran del crimen, fueron absueltos y devueltos a su dueño, aunque su madre fue ahorcada, y su dueño apercibido de que si se demostraba que los lechones habían comido del tal Martín tendría que entregarlos a la justicia.

Pero no sólo los feroces cerdos fueron sujetos de las sentencias de los tribunales europeos. En Moisy (Francia) en el año de 1314, un toro se escapó, mató un hombre, y por su horrible crimen acabó en la horca. Una jauría de perros en Alsacia fueron acusados de ser los espíritus de unas brujas que aprovechaban sus forma perruna para cometer tropelías, así que los perros fueron capturados y, como no, condenados a la hoguera.

El problema aparecía cuando los malditos bichos se resistían a la detención, no se presentaban a los requerimientos del tribunal, o no respondían a los interrogatorios. Termitas, langostas, y hormigas tenían la fea costumbre de comerse las cosechas, provocar hambrunas, y luego de forma descarada no se dejaban atrapar; de manera que se recurrió a los tribunales eclesiásticos, que solían excomulgar a los animalillos mediante una proclama que era leída en las zonas donde actuaban. No sabemos si los bichejos escuchaban atentamente la amenaza del divino castigo, o directamente seguían a lo suyo.

La no comparecencia de un grupo de molestos ratones que se comían las cosechas fue justificada por su abogado defensor por la celosa guardia de los gatos del pueblo que impedían que se presentaran en los tribunales tras el requerimiento.

En 1300 en Inglaterra un grupo de cuervos fueron condenados a pesar de que entre ellos había varios inocentes, pero es que la imposibilidad según los propios jueces de diferenciar entre los graznidos de los culpables y los inocentes hizo que se condenara a todos por igual.

Los juicios a animales fueron numerosos y se prolongaron hasta la Edad Moderna, implicaron a numerosas especies y por motivos diversos: perros heréticos que ladraban a estatuas de santos en las procesiones, gallos encarnación de Satanás que habían puesto un huevo, gatos, mulas, vacas,caballos, anguilas, y hasta un grupo de delfines sufrieron la persecución de los tribunales humanos. Incluso en Valencia los tribunales acusaron en 1585 a un grupo de langostas, suponemos que declarándolas en rebeldía, pues no creo que se presentaran ante los jueces, las muy descaradas.

Sin embargo las sentencias no siempre acabaron con la muerte, la tortura, o la condena de los acusados, y en ocasiones la clemencia también se aplicó a los animales.

Cuando un grupo de roedores se comían las cosechas, y ante la imposibilidad de capturarlos o de hacer que llegaran a los tribunales, se ordenó que los funcionarios de los tribunales acudieran a los campos a leerles la proclama que les conminaba a abandonar el lugar en un plazo de 14 días, pero la sentencia tenía un curioso añadido "...en el caso de que algunas hembras entre dichos animales se encontrasen preñadas, o fuesen incapaces de emprender el viaje por su corta edad, para dichos animales se asegurará protección otros 14 días." Las ratonas embarazadas y los ratoncitos estaban a salvo durante unos cuantos días más. Era el año 1519 en Suiza, y Disney no tuvo nada que ver.    

El perro de un salteador fue juzgado junto con éste por robar bolsas y comida. Al bandido se le cortó la mano, pero con su perro el tribunal fue más indulgente. Debido a su buen carácter y a que sólo obedecía ordenes de su amo, fue dejado en libertad con una amonestación y unos cuantos azotes. El chucho en cuestión debía de ser de los zalameros y se debió de ganar la simpatía de los severos jueces con sus monerías. Sólo me queda la dura de si llevaba antifaz.

Un caso muy curioso sucedió ya en plena Edad Moderna en 1750 cuando una burra fue acusada de mantener relaciones pecaminosas con un humano. Su abogado defensor consiguió un certificado de buena conducta firmado por un convento, en el que se afirmaba que se conocía a la acusada desde hacía cuatro años, y en todo ese tiempo, la burra había demostrado un comportamiento ejemplar y virtuoso tanto dentro como en sus salidas al exterior. Por lo cual el tribunal con buen criterio consideró que la virtuosa burra había sido objeto de violación y por tanto fue absuelta de toda culpa. Siendo burra de convento era de esperar que estuviera bien educada, y tras cuatro años hubiera aprendido a controlar sus bajos instintos, aunque no se hubiera decidido todavía a tomar los hábitos.

En 1993 la película "La hora del cerdo" siguió las andanzas de un abogado, basado en el personaje real de Bartholomew Chassenee, que actúa como defensor en casos que implican animales como acusados, película que por lo curioso le dedicaremos una próxima ficha.

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