UNAS ELECCIONES MUY ANIMADAS

CANDIDATOS EN CAMPAÑA

William Hogarth (1697-1764) fue un artista británico que comenzó como grabador, pero que se sintió atraído por el mundo de la pintura, en el cual llegó a alcanzar una cierta fama en su tiempo. Pero aquí no lo traemos a colación por sus dotes artísticas, que las tenía, si no por su enorme vena satírica. Efectivamente William fue un feroz crítico de la sociedad de su época. Lector y admirador de Jonathan Swift, el creador de "Los viajes de Gulliver", como él, observa y desmenuza a la clase dominante. Sus series de grabados satíricos le dan bastante fama en torno a la década de 1730. Primero realizaba una serie de cuadros que contaban una historia, algo que para muchos le convierte en el padre del cómic, luego esos mismos cuadros los convertía en grabados para que pudieran alcanzar una mayor difusión, y así llegar a todos.

Hoy quiero comentar, aprovechando que próximamente en España nos encontraremos inmersos en unas elecciones algo peculiares, precisamente la serie que el genial Hogart dedicó a los políticos de su época, que como todos podréis imaginar nada tienen que ver con los actuales. La serie se titula "Los humores de una elección".

La serie satírica de Hogart se compone de cuatro cuadros, que a modo de historieta cuentan los pasos que dan unos candidatos del partido whing al Parlamento en 1754. También conocidos como "La campaña electoral" se encuentran en el Museo Soane de Londres, y comprenden: "El banquete", "La visita del candidato", "La votación", y "El triunfo del elegido".

"El banquete" o "Un entretenimiento electoral" es el cuadro que ilustra el artículo, y que cuenta ni más ni menos que una de esas fiestas banquete que los candidatos celebran para convencer a sus electores de sus bondades y conseguir sus votos. Ese día el político de turno que durante todo el resto de la legislatura no se ha acordado para nada de sus votantes, o si se ha acordado ha sido con fines recaudatorios, y siempre considerándolo un ciudadano de segunda, se convierte por obra y gracia de las elecciones en camarada, colega, y mejor amigo de sus posibles votantes. Para conseguir el voto es capaz de todo. Como se puede ver en el cuadro, los dos candidatos con sus escarapelas amarillas (el símbolo del partido) aguantan que les echen el humo pestilente de una pipa en la cabeza, que les babee un borracho en la cara, que les bese la más fea del barrio, y hasta que disimuladamente les roben una de las sortijas de sus dedos. Mientras tanto las fuerzas vivas del lugar se alimentan bien con el generoso banquete que corre de su cuenta, al tiempo que un grupo de músicos, imaginamos que los talentos locales, amenizan el festejo, todo a cargo de los sufridos candidatos. En una mesa se preparan los consabidos "regalitos" destinados a comprar votos y voluntades. Sin embargo no todo son alegrías para los políticos, su guardaespaldas y matón particular, por si alguien es remiso a la hora de pagar favores, ha recibido un ladrillazo, y aunque no suelta la porra por si acaso, tiene que ser atendido por una de las mozas. Pero y ¿que hace mientras tanto la oposición?  Pues lo que toda oposición que se precie, boicotear el acto, ya que son los autores del ladrillo que entró por la ventana, además de manifestarse por la calle con pancartas y gritos en contra de las últimas medidas de sus rivales.

Evidentemente nada que ver con nuestra realidad actual. Los opositores no golpean ni boicotean los actos del rival, ¡ah no! que en las últimas elecciones algún candidato se llevó más de un mamporro. Bueno, pero ya no compran voluntades, ni hacen regalitos, en realidad se los hacen a ellos, así que por lo menos en eso hemos mejorado, ¿o no? Por supuesto se acabaron los banquetes amenizados por gaiteiros. Espera un momento, acabo de recordar que recientemente he recibido una invitación para ir a una cena de partido, pero no hay gaiteiros y además tengo que pagar la módica cantidad de 50 euretes.  Por cierto lo del gaiteiro en el cuadro tiene guasa, pues resulta que, como casi todos en Inglaterra, es escocés, y se le identifica como tal porque se está rascando, y es que los ingleses, tan agradables como siempre, afirmaban que los escoceses eran todos unos sarnosos. Pero eso ha cambiado en nuestros días, a ningún político actual se le ocurriría enfrentar a los miembros de una comunidad con los de otra de las autonomías o nacionalidades que la integran. ¿Cómo? ¿Que conocéis a más de uno que hace mofa de gallegos, catalanes, andaluces, vascos, etc, según le vaya la campaña en la zona? Pues ahora que lo pienso en mi tierra tras unas encuestas no muy favorables a su partido, una candidata, de cuyo nombre no quiero acordarme, nos llamó de ignorantes para arriba. Pero sigamos viendo las enormes diferencias de una campaña electoral de la Edad Moderna con una de la actualidad.

En "La visita del candidato" nuestro simpático político recorre las calles en busca del voto, repartiendo dinero a diestro y siniestro, hasta recalar en una taberna de no muy buena nota, donde suponemos se tomará un merecido descanso en brazos de las efusivas votantes que le reclaman. Al fondo se desarrolla un tumulto, que como es de rigor no es de la incumbencia del ocupado político, que bastante tiene el pobrecillo con comprar votantes, y correrse una sana juerga en brazos de un par de suripantas. También en el cuadro una mujer cuenta el dinero recibido al lado del león inglés que se come una flor de lis, es decir a los franceses, pues era muy recurrente poner al propio país como ejemplo de lo bien que va, mientras el vecino está que no se sostiene (¿de qué me sonará eso?).

Hoy por supuesto nadie cree que se compren votos ni voluntades, que los candidatos repartan regalos entre señoritas de moral digamos algo laxa, o se corran juergas durante la campaña electoral o siquiera en el ejercicio de su cargo. Sin embargo no puedo menos que recordar el escabroso asunto de unos sobres que se intercambiaban en una gasolinera, unas pícaras fotos de unos serios representantes del pueblo en paños menores, o por recordar una anécdota personal la noche toledana que me dieron unos candidatos en un motel de carretera donde tuve la mala fortuna de pernoctar en una jornada electoral.

"La votación" escenifica de formaba burlesca el acto final de las elecciones. Los candidatos recurren a lo que sea para ganar. Los azules (whigs) contra los naranjas (tories) intentan invalidar los votos del rival, como el caso del hombre con el gancho en lugar de mano, cuyo voto se intenta rechazar, al tiempo que ambos intentan colar  votos imposibles, así se ve como llevan a votar a un deficiente o incluso parecen dispuestos a presentar un muerto como posible votante. Mientras al fondo el carro que representa a Inglaterra y que intenta avanzar está roto. Los dos partidos mayoritarios en este 1754 están más preocupados por ganar a toda costa que por solventar los propios problemas de su país (¿Hacen falta comentarios?).

Como nunca ha habido fraudes electorales, ni siquiera con los votos por correo, me niego a establecer ninguna comparación entre la situación del cuadro y la actualidad. Además todo el mundo sabe que para nuestros políticos el interés de la nación siempre va por encima de los intereses particulares o partidistas.

"El triunfo del elegido" es la última estampa de la serie. Al fin las elecciones han acabado, y uno de los candidatos se ha alzado con la victoria. En este caso es el candidato conservador que, siguiendo la tradición, es paseado sobre una silla por las calles. Algunos lo festejan, otros poco satisfechos con el resultado se pelean, y el candidato ve tambalearse su posición para dar con sus frágiles huesos en el suelo, tal vez como una metáfora de lo efímero de algunas situaciones, o de algunos políticos que se ven encumbrados para ser luego arrojados al suelo por los mismos que les subieron al poder. En otro plano un desfile de sirvientes introduce en una casa cercana una variedad de platos que vendrán a simbolizar tal vez el banquete de la victoria, o la riqueza entrando por la puerta del candidato elegido, que en definitiva va a ser el único beneficiado por las elecciones, puesto que hasta los cerdos, más conscientes que los humanos, huyen despavoridos ante lo que se avecina (y eso que no pagan impuestos). Si además pensamos que los cerdos en huida hacían referencia al episodio bíblico en el cual unos demonios son alojados dentro de una piara de cerdos por Jesucristo, nos podemos hacer una idea de la opinión que Hogarth tenía de los políticos de su época.

En la actualidad nos es imposible imaginar a nuestros políticos paseados en hombros por las calles cual toreros o futbolistas ganadores de alguna copa. Mucho más difícil es pensar en ellos como seres tan depravados que con un país en la ruina y empobrecido, soló deseen alcanzar el poder para llenarse la panza como el buen hombre de la ilustración. Todos sabemos que lejos de vivir en la opulencia y el lujo nuestros candidatos comparten el sufrimiento del pueblo, a diferencia del retratado por Hogarth, y hacen gala en todo momento de una moderación ejemplar mientras se aprietan solidariamente el cinturón.  

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