EL OTOMANO OBSESIVO


ABDUL HAMID II, EL SULTÁN PARANÓICO
Abdul Hamid II (1842-1918) fue sultán del Imperio otomano, de hecho podríamos decir que es el último sultán con poder real en un imperio que no tardaría en caer. Abdul es hijo, sobrino y hermano de sultanes,y accede al sultanato tras deponer a su hermano mayor, Murad V, en 1876. La excusa del nuevo sultán fue que su hermano padecía una enfermedad mental y no era apto para el gobierno. El caso es que Murad fue ingresado en una institución mental, y Adbul Hamid, hijo del sultán Addul Mejid I y una armenia, ocupó el trono otomano.

El pueblo turco, pero sobre todo Occidente, esperaba mucho del nuevo sultán, pues se sabía que había viajado por Europa con su tío, adalid de introducir la modernización en los territorios turcos. La realidad es que Abdul Hamid II fue un paso atrás, y en lugar de modernizar y democratizar su país, se obstinó en mantenerlo en el atraso, masacró a los armenios, el pueblo de su madre, intentó enfrentar a los países occidentales entre sí, y se ganó enemigos dentro y fuera de su tierra. Con todo este historial era de esperar que no durmiera muy bien por las noches. El sultán debió de desarrollar bastante mala conciencia y poco a poco se fue obsesionando con su seguridad. Para el temeroso sultán la única realidad era que todo el mundo quería matarlo.

Salida del sultán en 1908. 
Claro está que con semejantes pensamientos y teniendo un poder casi absoluto las medidas que el inquieto gobernante empezó a tomar se fueron convirtiendo cada vez más en una clara manifestación de una paranoia galopante. En primer lugar comenzó por asegurarse de proteger su propia persona, para ello llevaba placas metálicas y blindajes de todo tipo bajo sus ropajes, y se cubría la cabeza con un fez forrado de metal por dentro. Algo absolutamente absurdo si pensamos que el fez es un gorro que cubre sólo de la frente para arriba, así que además de darle un fuerte dolor de cabeza no sé yo muy bien que iba a proteger. De tal guisa el buen sultán cual Robocop recorría los intrincados pasillos del palacio. Por si acaso en lugar de apuñalarle o dispararle alguien trataba de envenenarle, reguló también el sistema de comidas: todo debía ser catado, vuelto a catar, y por si no fuera suficiente la comida tenía que prepararla su mujer, a veces por temor a que envenenaran los platos o las tazas comía de la mano de una de las mujeres del harén. La vaca de la que se extraía la leche para la alimentación del sultán estaba guardaba bajo llave y custodiada por soldados. Las ventanas de las cocinas estaban enrejadas para evitar que alguien entrará o echara algo desde ellas. Pero eso no era suficiente, ¿y si alguien envenenaba su ropa? Pues Abdul también había pensado en eso. Tenía un probador de su misma estatura que se ponía sus ropajes, que realizaba a medida un sastre continuamente vigilado. ¿Y la cama? Antes de acostarse se revisaba, y el desgraciado de turno se tumbaba y revolcaba en ella antes de que su soberano se decidiera a meterse entre las sabanas. No quiero ni pensar que tendrían que hacer a la hora de que el sultán tuviera que ir a hacer sus necesidades. Los documentos y cualquier objeto que tuviera que llegar a manos del gobernante debía de ser desinfectado previamente.

Palacio Yilniz. Estambul. Turquía.
Bien, la seguridad personal parecía garantizada, pero alguien tan obsesionado no se iba a conformar con eso. El palacio no le debía de parecer un lugar muy seguro, y se hizo edificar uno nuevo con unas especificaciones de seguridad que para sí las hubieran querido los constructores de pirámides. Por lo pronto seleccionó cuidadosamente la ubicación con vistas al Bósforo por si venían invasores poder largarse con tiempo. Después contrató hasta a doce arquitectos, a quienes les encargó diferentes partes del palacio fortaleza, manteniéndolos aislados unos de otros, y sin que nunca llegaran a ver los planos o los trabajos del otro. Las cuadrillas de trabajadores también trabajaban aislados. El resultado fue un palacio lleno de falsas paredes, cámaras cerradas, falsas fachadas, pasadizos, pasillos y escaleras engañosas, trampas variadas, es decir todo lo que sale en las películas de aventuras y que todos sabemos que es falso, pues en el caso del palacio del sultán se llevaron hasta la exageración.  A las habitaciones sólo se podía entrar en fila, y el palacio tenía accesos secretos a las distintas áreas, así como telescopios apuntando a las entradas y al mar, que el propio sultán solía revisar con frecuencia. Las habitaciones tenían armarios o espejos que conducían a pasajes ocultos, y todos las habitaciones tenían armas o trampas ocultas. Como era de esperar algún despistado acabó pagando con vida las manías del "simpático" Abdul Hamid.

El escritorio del sultán.
El sultán iba siempre armado y era de gatillo fácil. Dicen las malas lenguas que una de sus hijas tuvo la mala ocurrencia de darle un susto. Hamid sacó una pistola y le pegó un tiro. Uno de sus sirvientes metió la mano en el bolsillo para darle fuego, ya no la sacó, el sultán le disparó a bocajarro. Un jardinero fue asesinado por parecer sospechoso. El sultán conocía  a todos y cada uno de los sirvientes y personal que tenía a su cargo, para ello se pasaba horas estudiando en su despacho las fotos y el expediente del servidor, no fuera a ser que le colaran un intruso con malas intenciones. A pesar de ello uno intentó apuñalarlo con una daga que llevaba en el bolsillo, desde entonces prohibió los bolsillos en palacio, y si un embajador o enviado extranjero entraba a su presencia quedaba eximido de la prohibición pero bajo ningún concepto podía meter las manos en los bolsillos. Cualquiera estornudaba o se rascaba en presencia de semejante maniático.

Con tanta manía el tema del harén lo tenía que llevar francamente mal. De manera que al sultán se le ocurrió una de sus geniales ideas. Encargo un muñeco de cera que fuera su perfecto retrato, lo vistió con sus ropas, y lo situó en un cuarto poco iluminado como si se encontrara leyendo un libro. Oculto tras una pantalla observó las reacciones de las jóvenes que observaban a su vez al falso sultán. Algunas permanecieron en silencio para no molestarlo en su lectura, mientras otras se reían a sus espaldas. A la mañana siguiente dos que no habían superado la prueba fueron introducidas vivas en un saco, y arrojadas al Bósforo a reírse de los peces. Poco sentido del humor tenía el sultán.

Tughra o firma ceremonial de Abdul Hamid II. 
Como no confiaba en los médicos, él mismo se trataba de todas sus enfermedades con un sinfín de medicamentos, hierbas y preparados, que tenía distribuidas por todo el palacio. Pero su temor al asesinato saltaba fuera de los muros del palacio y afectaba a todo un país. Estableció una inmensa red de espías, que se espiaban entre sí, y a todos. La censura se instaló en Turquía, y hasta determinadas palabras quedaron prohibidas: revolución, república, asesino, dinamita y bomba, fueron desterradas del vocabulario y los escritos. Cuando se enteró del asesinato de la emperatriz Sissi en 1898 aún se extremó más su paranoia, y ni siquiera se podía informar de atentados o regicidios, así la muerte de los reyes de Serbia en 1903 se trasmutó de asesinato a indigestión (sería de balas). El desdichado repostero que tuvo la ocurrencia de homenajear  la visita del emperador de Alemania a Turquía en 1908 con una "bomba glacée", fue despedido de palacio al instante, y suerte que no lo vio el sultán que sino acababa él con una bomba en vaya usted a saber donde, y es que algunos no son muy listos. Cuando le hablaron de instalar una dinamo para llevar la luz eléctrica al palacio, el chalado del Adbul entendió dinamita y lo prohibió totalmente, así que mientras otros gozaban ya de la electricidad, éste se paseaba con velitas y candelabros por el inmenso palacio.

Las excentricidades del paranoico sultán fueron en aumento mientras las barbaridades de sus ministros y consejeros sumían a Turquía en el atraso. Sin embargo fue un defensor a ultranza del Islam, y por ello es ensalzado por las corrientes más conservadoras y tradicionalistas que lo consideran el último gran sultán, olvidando u ocultando deliberadamente todas sus arbitrariedades y obsesiones que no sólo afectaron a su persona sino también a todo un pueblo que vio su vida diaria, su cultura, la prensa, y la educación controlada por los espías y las absurdas prohibiciones de un gobernante que al final acabó derrocado y enviado al exilio por los suyos en 1909.             

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