¡OS DESAFÍO!

Duelo con espada corta. 1760. P. Macquoid. 
EL PUEBLO SE BATE

Hoy que tan de moda están los desafíos por internet, los retos que se cuelgan en facebook y demás, tenían su lejano antecedente en los duelos que tan famosos han hechos las novelas ambientadas en la Edad Moderna. Aquellos desafíos no tenían su parte jocosa y solían implicar la muerte de uno de los dos participantes. No eran un reto a hacer algo atrevido o peligroso, eran un duelo a muerte. ¿Pero eran tan frecuentes como nos hacen creer las novelas? ¿Por qué se batían los espadachines del siglo XVII? ¿Había restricciones o normas como aparecen en la literatura? Afilad las espadas, ajustaos el tahalí, y calzaos los guantes...¡Os desafío a un duelo, bellacos!

Un lance en el siglo XVII. F. Domingo Marqués.1866. Valencia
Los duelos parecen ser cosa del siglo XIX o de las novelas de capa y espada, en los primeros, caballeros de lo más alto de la sociedad dirimen sus diferencias a tiros, mientras que en las segundas, audaces espadachines se baten "por un quitame allá esas pajas". En España en el siglo XVII los duelos a espada eran más frecuentes de lo que nos imaginamos, y desde luego no sólo un entretenido recurso literario.

El hecho de dirimir las diferencias de opiniones a batacazos viene de lejos, pero en la Edad Moderna se dejan de lado los duelos medievales, se refina el protocolo. Los duelos "oficiales" necesitan de un desafío, es decir retar al contrario abofeteándolo, o enviándole cartas, y luego presentarse en un lugar apartado para matarse delante de testigos, y en ocasiones padrinos. Pero estos eran los duelos de la clase alta, de la nobleza, que sólo se batía con sus iguales. El pueblo, por otra parte tenía otras costumbres, y en el siglo XVII el uso y abuso de la espada digamos que se "democratizó".

En una época de crisis, con las grandes capitales masificadas, llenas de gente desempleada o con empleos mal remunerados como era el Madrid  del siglo XVII, y con una presencia policial más bien escasa o poco efectiva, los problemas y altercados eran algo habitual. Pero una cosa es emprenderla a puñetazos, bastonazos o cuchilladas y otra es un duelo a espada. De los primeros casos en los registros notariales y médicos hay abundantes casos, pero y ¿de los segundos? Pues también aunque se rehuye la palabra espada que se sustituye por el eufemismo de "heridas ocasionadas por objeto punzante", y dadas las heridas que se describen es evidente que el objeto en cuestión no era un alfiler. Además la producción y fabricación de espadas se dispara en los años centrales de este siglo, y hasta los jóvenes cuando ganan su primer salario lo invierten en comprarse una espada con su tahalí, y si los ahorros llegan, lo complementan con una daga (tal vez el equivalente actual sería las camisetas y las zapatillas deportivas de marca).

Duelo en el Pont Neuf de París.
Una vez armados nuestros jóvenes y no tan jóvenes barrocos ya están preparados para la riña. Aunque una cosa es una riña y otra un desafío. Los lances de honor nos han hecho creer que eran propios de nobles, y que la clase popular no tenía derecho al honor, no lo conocía, o no sabía defenderlo. Nada más lejos de la realidad, casi cualquiera podía acabar en un desafío, y casi siempre se enmascaraba el detonante con otro eufemismo "palabras de pesadumbre". Guardias, zapateros, cocheros, aprendices, podían desenfundar las tizonas por unas "palabras de pesadumbre", tampoco nada extraño si pensamos que actualmente en algunos bares de nuestra geografía se dan de navajazos por el número de copas que ganaron los equipos de fútbol de los que los contertulios son seguidores. A los ministros del rey no les suelen preocupar los hombres del pueblo, lo cual no quiere decir que éstos no se consideren tan dignos de respeto como cualquier noble. Que me faltas, saco la espada y prepárate a defenderte.

Riña Tabernaria. E. Giachi. 1890. 
Bien, ya sabemos que cualquiera puede batirse, pero como es lógico es de suponer que un zapatero tendrá menos posibilidades de salir ileso de la reyerta que un soldado, puesto que este último tiene entrenamiento militar y experiencia con las armas. Pero esto no es así, la realidad es que no hay reglas, la única norma es herir antes de que te hieran, y suele contar más la rapidez de reacción que la pericia. Tampoco es necesario padrinos, me ofendes, sacó la espada, y te agujereo antes de que puedas decir ni pío. Lance resuelto. Uno muerto o mal herido, y el otro en fuga. Poco romántico, pero efectivo. Si escapas con bien de la lucha porque son más que tú, y tampoco hay una norma que impide que te ataquen varios, vas a buscar a unos amigos, a ser posible que sean más que los rivales, y entre todos le dais su merecido a los osados. Todo más parecido a las multitudinarias riñas de adolescentes en botellón que a los rígidos duelos nobiliarios que aparecen en las novelas y que practicaban lo más "refinado" de la sociedad.

Duelo a muerte. John Pettie. 1839.
Los guardias y soldados solían ser un problema cuando andaban en grupos y abusaban de la bebida, pero también estaban muy avisados de que meterse en desafíos les podía costar caro, y por regla general procuraban evitarlos. En los años centrales del siglo XVII proliferan las ordenes de alcaldes de casa y corte dirigidas a los alguaciles que ronden Madrid de noche para que detengan y entreguen en sus cuarteles a los soldados que encuentren deambulando. Francisco Fernández, soldado de la guardia a caballo, es insultado e injuriado por un jovenzuelo, Antonio López quien posiblemente se había pasado con el tintorro, pero el soldado le ignora y se da la vuelta, como consecuencia el otro, amoscado por lo que él considera un desprecio, le golpea con la espada en la cabeza, la respuesta de Francisco es rápida, desenvaina y: "y yo mesmo colérico me entré por ella y me hice la erida que tengo", declara moribundo desde el hospital el "atontao" del Antonio. En 1670 se hace pública una orden real que prohíbe a los soldados salir con armas de fuego, andar en tropa de más de cuatro durante el día, y de más de dos o tres por la noche, y siempre sin armas de fuego. Pero además se prohíbe, bajo pena de muerte que "ningún soldado saque la espada con ministro de justicia ni otro vecino o persona con vara o sin ella en los términos que se han escedido estos días".  Estaba claro que el año de 1670 había sido prolijo en incidentes protagonizados por militares y se decidió ponerles coto. Sin embargo esto no acabó con los duelos, ni muchísimo menos.

Ilustración para "Los 3 mosqueteros". M. Leloir
El zapatero Juan García, en la noche del 27 de junio de 1670 tuvo "palabras de pesadumbre" con el también zapatero Joseph de Escobar, de lo que resultó "el salir desafiados. Sacamos las espadas y el susodicho me dio esta cuchillada." En esta declaración que hace el herido en su testamento del mes de agosto se pone de relevancia lo que había comentado anteriormente. Primero el duelo no es cosa sólo de una clase privilegiada, ni de militares, y segundo no hay reglas establecidas, se insulta, falta al honor, o menoscaba la dignidad de alguno y salen a la luz los aceros. Imagino que estos dos discutirían por quien hacía mejor los zapatos, por robarse la clientela, o por cualquier nimiedad.

Un caso curioso por lo novelesco pero que sin embargo fue real sucede una calurosa anoche de agosto del mismo 1670. Un maestro zapatero y su oficial Francisco Velasco  y otros toman el fresco sobre las doce de la noche. Pasa una moza con un cántaro y alguien le pide agua. Y ahí salta la discusión, un criado de un conde, Blas Caballero, y el oficial de zapatero se enzarzan en una riña. Posiblemente el zapatero conocía a la joven y los requiebros o palabras soeces del criado no le hicieron gracia. Los zapateros desenvainan para lavar el honor, el criado Blas recibe un leve herida en la mano, se interponen los allí presentes, y se para la trifulca. Pero entonces el villano de la historia, el chulesco criado, se revuelve y hiere por sorpresa al oficial de zapatero que tiene que ser llevado al hospital. Zapateros contra criados de nobles, ¿lucha por la defensa del honor de su gremio o por el de una joven? Curioso.

Duelo en la playa. N.C. Wyeth. 1926.
Queda por tanto claro que para batirse sólo hace falta una espada y que los militares lo tenían un poco más difícil. Eso hace que por ejemplo el 8 de septiembre de 1672, dos años después del bando, dos civiles se atrevan a meterse e insultar a Juan Serrano de la guardia española, un gamberro que alborotaba por las noches y con los amigotes molestaba a los vecinos. El militar fanfarrón saca la espada y se encuentra que los otros también desenvainan. Como todo fanfarrón opta por marcharse, pero vuelve con los amigotes y "cargando sobre los dos, les acuchillaron".

Como vemos no es que los bandos prohibiendo los duelos o que los soldados anden armados hayan tenido mucho éxito. Pero entonces la policía ¿qué hacia para parar estos encontronazos? Pues como para meterse en medio. Los alguaciles se arriesgaban a recibir ellos mismos las estocadas destinadas a los otros, así que la mayoría se harían los locos, mirarían para otro lado, y arreando, que total para lo que cobramos. Y sino que se lo digan al pobre alguacil que en marzo de 1674 pide ayuda para pagar las costas de su recuperación, pues lleva un mes en cama por las heridas recibidas durante su ronda nocturna "al intentar intervenir en una cuestión de cuchilladas en la Puerta Cerrada".  

Duelo después de un bailes de máscaras. J.L. Gerome.1857
A pesar de la violencia y en muchos casos ser el resultado de un arrebato, los duelos no siempre terminaban en la muerte de los contendientes. A veces se trataba de guardar las formas, defender el honor ante los demás, y luego quedar más o menos bien, lograr que alguien mediara, darse las manos y tan amigos. Juan de Torija, arquitecto de las obras reales "fue a las casas de la morada de Don Sebastián de Herrera, maestro mayor de las obras reales para efecto de tomarle al susodicho la mano de amigo en razón de unas cuchilladas que los susodichos tuvieron en la corte el día 10 de marzo, sin que hubiese herida ninguna, y se obligaron a guardarse las amistades".

Riña ante la embajada de España. Velázquez
Algo que sí solía ser una constante tanto en los duelos nobiliarios y más formales como los más populares es que la justicia no debía de intervenir, e  incluso el herido solía camuflar el daño achacándolo a todo tipo de causas, desde accidentes laborales, a torpeza propia, etc. Francisco Galán alega en noviembre de 1670 que la herida de la cabeza se la hizo su compañero involuntariamente picando yeso. Un aprendiz de tornero de Vallecas que llega con una herida en el costado informa de que se echó a dormir la siesta y debajo de la estera había una azuela con la que se perforó el costado. Juan de Cabada, emigrante gallego en Madrid, exculpa al cochero que le hirió porque él fue "el promovedor provocándole con palabras mayores e ynjuriosas". Por supuesto en algunos casos hay compensación económica de por medio.

Y podríamos seguir con muchas más cuestiones que suscita la práctica del duelo desde sus variantes, hasta su historia y evolución, incluso una curiosidad que me viene a la mente y que de momento dejaré sin contestar ¿Se batían las mujeres?, y de ser así ¿cómo eran estos duelos? Y si me apremiáis a contestar estas preguntas, conteneos que soy de genio vivo, y vuesas mercedes pueden probar la rapidez de mi acero.  

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