COMANDOS EN LA NIEBLA

Mapa de las islas del Canal.
OPERACIÓN AMBASSADOR

Estamos en el año 1940, la guerra asola occidente, y el avance de los alemanes parece imparable. En junio los británicos y sus aliados han tenido que ser evacuados en Dunquerque abandonando el continente en manos del enemigo, y temen que en cualquier momento les llegue el turno a ellos. La moral está baja y el fracaso del ejército aliado fuerza a buscar nuevas alternativas de continuar la lucha. 

La idea es crear una fuerzas pequeñas pero bien entrenadas que realicen incursiones en la costa, que demuestren al enemigo que la lucha no ha terminado, que los británicos están dispuestos a continuarla por cualquier medio, y que sirvan para elevar la decaída moral. El general Dill perteneciente al Estado Mayor propone unos diez grupos de quinientos hombres cada uno, y bautiza ese nuevo tipo de combate como "comandos". 

Comandos británicos durante la S.G.M.
No es que la idea de los comandos sea nueva, pues algo similar ya existía, y por ejemplo en la guerra de la Independencia española tomó el nombre y la forma de guerrillas, claro antecedente de estos nuevos luchadores. Pero ahora los británicos crean su primer grupo en junio de 1940, es el "comando tres" bajo las ordenes del teniente coronel John Durnford-Slater. Comienza el reclutamiento de voluntarios y su entrenamiento, que en un primer momento no es muy diferente a la de un soldado normal, aunque se insiste en hacerlos más resistentes y dotarlos de mayor autonomía tanto en independencia y en movilidad de los pequeños grupos.

Ya tienen el concepto y a los hombres para realizarlo, ahora solo se trata de pobrarlo, y la moral británica necesita una buena inyección cuanto antes. De forma que se decide testear a los nuevos comandos con una acción real. El objetivo tenía que ser relativamente fácil para que sirviera como propaganda y prueba de fuego. Por ello se elige una de las islas del Canal de la Mancha que en ese momento se encuentra ocupada por los alemanes, Guernsey.  

Comandos simulando un desembarco anfibio.
A principios de julio de 1940 se decide enviar a un nativo de la isla para que se informe. Hubert Nicolle, que así se llamaba el espía, se da una vuelta por la isla, y vuelve con una lista completa de los obstáculos a salvar: 469 soldados, y los puntos en donde se encuentran los nidos de ametralladoras. Como la mayoría de las tropas se concentran en la capital, St. Peter Port, la incursión parece cosa de coser y cantar.

Se pone en marcha la "Operación Ambassador", la primera operación de comandos. Cuarenta hombres de la tropa H actuarán como maniobra de distracción, mientras que una segunda compañía atacaría el aeródromo. Los pobres alemanes no van a saber de donde le llueven los tiros, y los británicos se retirarán con una victoria que aunque no valga para mucho sí que va a elevar la moral de la tropa.

Unas horas antes de desembarcar en el norte de la isla, sufren el primer contratiempo, los alemanes han reforzado las defensas en ese punto, y deciden cambiar el lugar de desembarco en la costa suroeste. Es el 14 de julio, los comandos se encuentran divididos entre dos barcos, el HMS Scimitar y el HMS Saladin en el puerto de Devon. A las 7 menos cuarto los buques con su letal carga salen hacia Guernsey ¡Qué se preparen los boches! ¡Llegan los comandos!

Tropas alemanas en las islas del canal. 
A cinco millas de la costa no se ven ni la punta de la nariz de la niebla que hay. A pesar de ello los arrojados soldados se colocan en las lanchas y a la una de la madrugada salen hacia la costa. Faltan 100 metros para llegar a la playa cuando una ominosa silueta se interpone en su camino, se oyen algunos atemorizados susurros: "Submarino". Cuando están a punto de dar media vuelta y abortar la misión, alguien con la vista más aguda desvela el secreto de la silueta, es una roca con forma de submarino (El miedo es libre y hace ver submarinos en rocas mondas y lirondas). Por fin llegan a la playa, aunque les cuesta llegar a la arena. Entre la niebla, los nervios y el mar, que debía de estar algo revuelto, el desembarco es más complicado de lo esperado. Ya sólo les queda neutralizar el primer nido de ametralladoras que está a unos 800 metros de la playa. Antes tienen que salvar el acantilado para lo cual comienzan el cansado ascenso por una larga y empinada escalera. Cuando llegan arriba se ponen en marcha pero al poco tiempo descubren que la brújula no funciona y no saben donde están ni en que dirección están las ametralladoras o los alemanes, además unos perros se han puesto a ladrar inoportunamente. Alguno debía ya de estar pensando en liarse a tiros con los chuchos.

Mientras tanto ¿que hacían los compañeros de las otras lanchas que debían realizar las maniobras de distracción? Pues a unos también les había fallado la brújula y habían acabado en un islote inmundo donde no había ni alemanes ni ametralladoras ni nada de nada. Las brújulas británicas debían de ser de los chinos porque estaba claro que  marcaban de todo menos el norte. Era la una menos veinte y sólo les quedaba regresar al buque, el Saladin. La tercera unidad tampoco es que le fuera mejor, una de las lanchas empezó a hacer agua, y tuvo que ser remolcada por otra que la devolvió al destructor, luego ellos volvieron a intentar llegar a la isla, pero como estaban lejos, decidieron suspender el desembarco, y dando marcha atrás tomaron la decisión de volverse a embarcar, soló que no encontraron el barco. La lancha numero 313 con 36 hombres tuvo que volver por sus medios a Inglaterra, a Devon, a donde llegaron al día siguiente a las 10 de la mañana.

Museo de la ocupación alemana. Guernsey.
Pero volvamos a quienes sí habían conseguido desembarcar, nuestros intrépidos comandos acosados por los canes locales y perdidos en la niebla.  Al final deciden hacer lo que todo hijo de vecino hace cuando se pierde, preguntar. Se acercaron a una solitaria casa donde se encontraron a un hombre sólo, cuando le interrogan, el buen hombre que no habla muy bien, debía de ser tartamudo, se pone nervioso, los comandos le interrogan y al no entender nada también se ponen nerviosos, el paisano ya absolutamente descompuesto comienza a chillar, y los soldados tienen que darle un par de mamporros para que se calle.  Tiran la pared del jardín para bloquear el camino no sea que vengan vehículos con soldados, aunque visto lo visto como no vinieran montados en perros. Después de deambular sin encontrar ni el aeródromo, ni las ametralladoras, ni a un triste alemán al que pegarle un tiro o al menos echarle una bronca, los comandos empezaron a desesperarse. Por fin divididos en dos grupos, el primero encontró un nido de ametralladoras...vacío, y el segundo grupo un cuartel general, también vacío. Es que por oír no oían ni el ruido de los aviones del supuesto aeródromo. Era como si los ignorasen más que a un mosquito.

Costa de Guernsey. Inglaterra.
Decepcionados los "eficaces" incursionistas decidieron liar el petate y volverse para casita, pues eran las tres menos cuarto, y además de dejar inconsciente a un tartaja y alborotar a los perros, no habían hecho nada más.  Algunos querían ir a explorar unas casas cercanas, pero les quedaban 10 minutos para estar en la playa para la recogida. Frustrados cortaron unas líneas de telégrafo que encontraron en el camino, y reemprendieron de nuevo el descenso por el acantilado

¿Podían salir aún peor las cosas ? Pues sí. Para empezar el jefe de la misión, el mismísimo teniente general Durnford-Slayer se cayó por las escaleras, se le disparó la pistola, y armó un escándalo de mucho cuidado. Para  más rechufla era el jefe así que ni siquiera se le podía abroncar. Pero por fin los alemanes dieron señales de vida, al oír el tiro, una ametralladora empezó a disparar balas trazadoras hacia el mar.

Durnford-Slater. Izquierda.
La cita con los destructores era a las 3 y sino llegaban a tiempo, las ordenes eran dejarlos atrás. Con los alemanes alertados de que al menos había un idiota pegando tiros, era imperativo salir pitando de la maldita isla. Cuando llegan a la orilla el mar está muy agitada y las lanchas de recogida se mantiene a 100 metros de la playa, y solamente les envían un pequeño bote para recoger las armas. Si quieren irse tendrán que salvar la distancia a nado, aunque en cada viaje tres hombres acompañaban a las armas. En el quinto viaje el bote se estrella contra las rocas, y uno de los soldados se ahoga. La consigna es clara o llegáis a nado u os quedáis en tierra. Con el mar picado, la niebla, un frío de aquí te menees, cabreados como monas, y con los alemanes que podían aparecer en cualquier momento después de estar toda la noche desaparecidos, a los primeros comandos de la Historia no les queda otra que lanzarse al mar. Pero ¡oh sorpresa! Hay tres que no saben nadar. La cosa estaba clara. El teniente coronel, el mismo espabilado que se había caído y alertado al enemigo, les da las gracias por sus servicios, y se lanza al agua dejando a los tres incautos, preguntándose qué narices habían ido ellos a pintar allí. Y yo me pregunto ¿quién fue el listo que mandó a una operación nocturna a una isla perdida en medio del mar a soldados que no sabían nadar? Vamos que si los mandas a escalar el Everest pues como que te da igual si no han puesto un pie en el agua en su vida, pero a una misión en medio de las islas del canal, ¿en serio? Siempre hay estrategas que las piensan y son capaces de enviar a una operación invernal en los fiordos a un grupo de senegaleses en bañador y sin haberse calzado jamás unos esquís.

HMS Scimitar
En el informe posterior el teniente coronel afirmó que gracias al valor, serenidad y disciplina los soldados nadaron en silencio y alcanzaron sin pánico ni gritos las lanchas. ¡Vamos, hombre! Menudo merito, entre el frío y el "acojone", como para ponerte a chillar en medio de la noche con los alemanes más que dispuestos a hacer tiro al pato. Ya tenemos a nuestros audaces soldados a bordo de las naves, bueno menos el muerto y los tres abandonados. Pero eran las tres y media, y según las ordenes los destructores ya debían de haber partido a Inglaterra. Para acabar de fastidiarla una de las lanchas se averió, y hubo que remolcarla. La idea de quedarse en medio del mar a esperar que amaneciera y los cazaran como en una caseta de feria no era muy atractiva, y los comandos se dispusieron a volver por sus propios medios a la madre patria. La distancia era considerable, y si los alemanes empezaban a usar reflectores o salían a buscarlos, estaban listos. El bueno de Durnford-Slater desesperado coge una lámpara y comienza a enfocar hacia el mar en busca de los barcos. Algo muy arriesgado pues delataba su posición, pero a estas alturas ya había quedado bastante patente que el buen teniente coronel estaba mejor en su casa haciendo ganchillo. Esta vez les sonríe la suerte y les contestan desde un buque con señales de otra lámpara. El "Scimitar" había decidido echar un último vistazo antes de volverse a casa. Los comandos fueron recogidos y a las ocho de la mañana fueron desembarcados en el puerto de Dartmouth, al menos éstos se consolaron pensando que de los tres grupos ellos eran los únicos que habían llegado a la isla, claro que de los 469 alemanes no habían visto ni las huellas.

Los que sí vieron a los alemanes fueron los pobres que quedaron en la isla, que después de dos días de andar escapados, acabaron por rendirse, y fueron hechos prisioneros. El teniente coronel afirmó que no hubo que lamentar bajas, pues el ahogado, en realidad llegó sano y salvo a tierra pero fue capturado. Vamos que al tal Durnford-Slater era como para ponerle a cargo del avituallamiento de los pingüinos árticos.

Comandos británicos usando botes de desembarco.
La operación no se consideró un completo fracaso ya que enseñó a los británicos en donde tenían que mejorar para posibles incursiones futuras. Para empezar el equipo que llevaban los soldados era pesadísimo y les dificultaba los movimientos, las lanchas y demás logística estaban para el desguace, y había que modernizarlas. Yo más bien deduciría que quienes pusieron en marcha la operación eran una panda de inútiles, algo con lo que debió de estar de acuerdo Churchill que además de subirse por las paredes, y cogerse un cabreo monumental, cesó al Director de Operaciones Combinadas y lo sustituyó por otro (no al teniente coronel Durnford-Slater, ese siguió en operaciones de comando). Durante un tiempo la eficacia de los comandos se puso en entredicho, y se decidió dedicarlos a tareas menores.

Hospital subterrábeo alemán. Guernsey.
Esta fue la historia de la primera incursión de comandos británicos en la Segunda Guerra Mundial que con tanto éxito se saldó: Se consiguió desembarcar en una isla próxima a Inglaterra, se dio un paseo bajo la luz de la Luna, se molestó a unos cuantos perros, y a un pobre hombre al que dejaron medio lelo, se cortó el telégrafo, se pegó un tiro al aire para perturbar el sueño de los alemanes, y se dejó atrás a 4 hombres para que se tomaran unas largas vacaciones, eso si uno de ellos no sirvió de comida para los peces. La mayoría del material empleado se tuvo que abandonar pues los cables, cascos y demás, pesaban lo suyo, y las lanchas de desembarco debían de ser de las de tres por una, vamos de las que de cada tres, una fallaba fijo.

Con lo que dejaron los comandos atrás y lo que abandonaron los alemanes cuando les echaron de la isla, los de Guernsey se montaron un Museo de la ocupación alemana, que hoy pueden visitar los turistas junto con el hospital subterráneo que tenían los germanos en la isla.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario