UNA CIUDAD NEOLÍTICA


ÇATAL HUYUK I

En 1952 J. Mellart descubría sobre dos colinas una interesante asentamiento neolítico. En posteriores campañas se pondría de relevancia la verdadera magnitud del hallazgo. Çatal Huyuk era algo más que un simple asentamiento, era una auténtica ciudad neolítica  que nos proporcionaría muchísima información de cómo vivían nuestros antepasados cuando se volvieron sedentarios y domesticaron las especies que compartían su hábitat. 

Çatal Huyuk. Recreación.
El poblado se extiende a lo largo de unas 13 hectáreas en la llanura de Konya, Turquía. Se puede datar de hace 8000 años, es decir del 6000 a.C. aproximadamente, y albergaba una nada desdeñable población de varios miles de habitantes.

Un día de hace miles de años sucedió en Çatal Huyuk una tragedia, una desgracia para el pueblo, una suerte para nosotros los curiosos descendientes de aquellos primeros agricultores. Alguien en una casa apagó mal un fogón, un rescoldo saltó de las cenizas y prendió en una estera de cañas secas. Es el final del verano, y el fuego en lugar de apagarse salta a otras esteras, y pronto a un montón de telas apiñadas en un rincón de la casa, luego alcanza la techumbre, y de repente se desata el infierno. En las terrazas hay objetos de cestería, maderas y pajas, así que el fuego encuentra alimento y devora la aldea. Nadie es capaz de detener la voracidad de las llamas.

Mucho tiempo después los arqueólogos bendicen el incendio, pues los habitantes en su prisa por ponerse a salvo abandonaron todo tipo de objetos. Los materiales perecederos como el tejido, la madera, los granos, han sido carbonizados y cubiertos de tierra, pero eso mismo los ha protegido del aire y las bacterias. Los habitantes reconstruirán sus hogares sobre el antiguo pueblo, pero bajo sus pies se conservaran los secretos del antiguo Çatal Huyuk. El incendio del 5580 a.C. destruyó un pueblo al tiempo que paradójicamente conservó sus secretos para que nosotros los descubrieramos milenios después.

Yacimiento de Çatal Huyuk. Turquía. 
¿Cómo es posible que haya ardido el poblado? Pues porque las casas se apretujaban unas contra otras, y aunque había una plaza no había espacio para calles, de hecho los habitantes circulaban por los tejados, ya que las casas carecían de puertas y se accedía a ellas por una abertura en el techo defendida por una especie de cobertizo. Estructurada como una enorme concentración de terrazas escalonadas, se pasa de unas a otras por medio de escaleras de madera. Algunos patios separan bloques de viviendas, y las casas abandonadas o en ruinas con su patios sirven de vertederos, que luego se recubren con cenizas.

Las casas están hechas de ladrillos hechos de la mezcla de arcilla con agua y paja, que secados y endurecidos al sol se usan para levantar las paredes. Luego se les da una capa aglutinante compuesta de tierra, ceniza y huesos triturados. La techumbre plana descansa sobre postes de encina o enebro sobre los que se coloca un techo de maderas más finas que se cubre luego con haces de cañas a las que a su vez se recubre de una gruesa capa de barro. Todo eso permite caminar sobre los tejados, te protege del calor sofocante en verano y del frío extremo en invierno, pero claro, arde con demasiada facilidad. Por eso los descuidos con el fuego se pagan caro en Çatal Huyuk, y los incendios suelen ser frecuentes, aunque no tan devastadores como el comentado.

Puntas de flecha de obsidiana. Çatal Huyuk. 
Son muchas las cosas que los restos de Çatal Huyuk nos han enseñado sobre la vida en una población neolítica. Que los habitantes del poblado fueran agricultores y ganaderos, además de mantener las costumbres cazadoras y recolectoras de sus ancestros, no es algo nuevo, pero sí, las especies que consumían, o el hecho de que recogieran obsidiana de un cercano volcán, mineral con el que comerciaban.

Vamos primero a ver como vivían en estas curiosas casas que semejaban enormes colmenas. Según deducen los expertos, pasaban la mayor parte del tiempo en las terrazas, imaginamos siempre y cuando el clima lo permitiera. Allí confeccionarían sus esteras, secarían los alimentos, y por supuesto socializarían como en cualquier patio de vecinos que se precie con los cotilleos prehistóricos de rigor. En el interior las casas están compuestas por una gran habitación, y otra u otras dos más pequeñas que sirven de almacén, y a las que se accede por una estrecha abertura. El tamaño de la casa varía un poco según la familia que lo ocupe, pero la media es de unos 25 metros cuadrados. La cocina está al lado de la abertura en el techo para que puedan escapar los humos (No debía ser recomendable entrar en casa cuando se está cocinando). En los otros lados de la estancia hay plataformas adosadas a la pared que sirven para acostarse o sentarse, y que recubren con esteras de caña. La escalera está firmemente apoyada sobre la pared para permitir la entrada y salida de la vivienda. Los decoradores de interior también han tenido su trabajo, y algunas paredes están decoradas con pinturas, y a veces se clavan en ellas cornamentas de toro sobre pequeños pilares. No hay palacios o residencias que sugieran la presencia de una jerarquía o de diferencias sociales remarcables, de manera que se acostumbra a pensar que eran una sociedad igualitaria.

Reconstrucción casa Çatal Huyuk. M. Ankara
En las habitaciones dedicadas a almacenaje suele haber unos silos para el grano. Están enterrados en la tierra, aunque se levantan un metro sobre el suelo. Se llenan por arriba, y el grano se extrae por un pequeño agujero a ras del suelo. Así se usa primero el cereal más expuesto a la humedad y susceptible de pudrirse.

La familia que ocupa la casa va a cenar esta noche. Abramos una brecha en el tiempo, y echemos un vistazo. Los padres, hijos, y hermanos solteros de la pareja, se sientan en la cocina sobre unas esteras tendidas en círculo en el suelo. Cogen los alimentos con la mano mientras se cuentan los acontecimientos del día. Normalmente comen cereales y verduras, y cuando la caza ha sido buena, alguna pieza de ésta. Los hombres cazan jabalíes, ciervos, pero también asnos salvajes y toros, además tienen animales domésticos como carneros y cabras, que pueden dar algún extra alimenticio.  Las mujeres  han preparado unas gachas hechas con guisantes y cebada que se están cociendo en un recipiente de barro que está sobre el fuego. Otra ha preparado unas galletas que se cocerán en un horno que la cocina tiene embutido en la pared. Los recipientes que se usan en la cocina son bastante toscos, normalmente hechos de madera, pero ya han confeccionado algunas vasijas de barro, aunque no hay hornos de alfarería en Çatal Huyuk, las secaban al sol, y luego las pulían con piedras o hueso.

Collares y abalorios de Çatal Huyuk.M.Ankara
Por la mañana los habitantes del poblado comienzan sus tareas con el sol. Sobre las terrazas las mujeres se afanan en sus trabajos de cestería, trenzando las cañas y la paja para fabricar esteras, cestos, etc. Otras confeccionan vestidos con las lanas de los animales que crían, y con algunas fibras vegetales, e incluso con las pieles de los animales. Además se pueden decorar algunos de los vestidos con unos sellos de terracota que al impregnarlos en un colorante podían dar como resultado unas estampaciones dignas de la mejor pasarela prehistórica. También si les sobraba tiempo podían realizar algunas joyas ensartando piedras de colores para hacerse un collar, o  unos coquetos brazaletes, que seguramente además les protegían de los malos espíritus.

Reconstrucción  de habitación. Çatal Huyuk.
Los hombres por su parte han llevado los rebaños a pastar o a beber al río. Otros están ordeñando, curtiendo pieles, y realizando otras labores relacionadas con la ganadería, Por supuesto hay que cuidar los campos de cultivo, y hacer las labores propias de los agricultores. Grupos de cazadores proporcionan alimento extra, y además alejan la amenaza de predadores peligrosos para el ganado o las personas. Y cada cierto tiempo tienen que ir en busca de la preciada obsidiana con la que tallar sus herramientas, ya que el sílex es poco frecuente en la zona. Algunas veces hombres de poblados cercanos al mar, distante más de 150 kilómetros de Çatal Huyuk, les han cambiado conchas por algún bloque de la negra obsidiana.    

Pero ¿cómo era su vida espiritual? ¿en qué creían estas gentes? ¿cómo afrontaban la muerte? Son cuestiones interesantes que las excavaciones del yacimiento respondieron parcialmente, pero que de momento dejaremos en el aire para una mejor ocasión, pues va siendo hora de que los hombres y mujeres de Çatal Huyuk se retiren a sus casas, bajen sus escaleras, y se pierdan en el interior de sus peculiares viviendas.

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