¿QUÉ FUE DE EL KAISER?

EL FINAL DE GUILLERMO II

El último emperador de Alemania nació en Berlín en 1859, en 1888 accedió al trono alemán, y en 1914 llevó a su país a la guerra. La derrota de Alemanía en la Primera Guerra Mundial supuso el fin del II Reich, y Guillermo fue obligado a abdicar del trono alemán y del prusiano, aún cuando él creía poder conservar este último título. Pero ¿qué fue el antes todopoderoso monarca? ¿consiguieron las potencias vencedoras hacerle pagar la derrota? ¿Por qué los creadores del III Reich no contaron con él o con sus sucesores? Brevemente intentaremos resolver estas cuestiones y algunas otras más.

Como viene siendo habitual tras una guerra el bando perdedor tiene que someterse a las exigencias del vencedor, y ellas casi siempre incluyen el castigo a los máximos responsables del gobierno derrotado. Así que después de la derrota de los alemanes era de esperar que las potencias vencedoras reclamaran la cabeza del antiguo kaiser.

Guillermo II y Victoria. Iglesia del kaiser.  Berlín
Dos acontecimientos habían hecho tambalearse primero y caer después la corona imperial del kaiser. En primer lugar una revuelta de marinos negándose a continuar la guerra y casi inmediatamente la Revolución de noviembre de 1918 en Alemania pidiendo el fin de la monarquía y la llegada de una república parlamentaria. El kaiser abdicó el 9 de noviembre de 1918 pero sabía que eso no le iba a salvar de las ansias revanchistas de sus enemigos (Hay quien dice que nunca llegó a firmar la abdicación como rey de Prusia,  y que sólo lo hizo como emperador de Alemania). El día 10 de noviembre Guillermo, convertido ya en ex kaiser, cruza la frontera hacia los Países Bajos que habían sido neutrales durante la Gran Guerra. En la estación fronteriza de Eysen Guillermo II entregó su sable al sorprendido guardia de aduanas.

En la provincia de Utrecht es acogido por los condes de Bentinck en la mansión de Amerogen. La emperatriz de momento permanece en el palacio de Postdam, pero el heredero Federico Guillermo no tarda en reunirse con su padre, pues como jefe del ejército alemán no duda del interés de los vencedores en echarle mano. El 28 de octubre el príncipe renuncia a sus derechos dinásticos.

El Tratado de Versalles pone las condiciones de la paz, y en su artículo 227 deja bastante claro las intenciones de las naciones ganadoras de la guerra con respecto al antiguo emperador de Alemania: "Las potencias aliadas y asociadas acusan públicamente a Guillermo II de Hohenzollern, ex emperador de Alemania, por la ofensa suprema contra la moral internacional de la santidad de los Tratados".  Si a eso sumamos que el artículo siguiente, el 228, suponía por parte del gobierno alemán del reconocimiento a los aliados de llevar a sus tribunales militares a quienes ellos quisiesen. Quedaba muy claro que iban a exigir, y así lo hicieron, la entrega de Guillermo II. Sin embargo la reina Guillermina de Holanda, a pesar de las reiteradas peticiones de los aliados, se negó a entregar al ex gobernante alemán (será por aquello de la solidaridad entre monarcas, o mejor "no vaya a ser que me pasea a mí mañana).

Palacio de Doorn
En diciembre de 1919 la ex emperatriz se reúne con el resto de la familia, y todos de común acuerdo deciden que ya han abusado demasiado de la hospitalidad de los condes para lo cual piensan establecerse por su cuenta. Al emperador, pobrecito, le han confiscado algunas de sus propiedades, a él que era el más rico de Europa. Con todo Guillermo sigue teniendo suficiente para vivir holgadamente y comprarse su propio palacio (algo de lo que no podían seguramente alardear la mayoría de los alemanes tras el fin de la Gran Guerra). La familia imperial en el exilio se compra el castillo de Doorn (Países Bajos) y allí se trasladan a vivir todos.

El pobre Guillermo privado de su barbero personal se deja crecer la barba, bebe té adoptando las costumbres inglesas que tanto admira ahora, y corta madera como ejercicio relajante. Pero que nadie se llame a engaño nada de jubilado ocioso y resignado a su papel de ciudadano particular. En el castillo se establece una rígida etiqueta imperial, y se rodea de personajes a los que nombra edecanes, mariscales, o lo que le venga en gana. Se queja de no tener barbero personal, pero la realidad es muy otra, y desde mayordomo a médico personal, tiene de todo como si no hubiera abandonado la corte imperial (Vamos que ya quisieran algunos que han perdido su empleo vivir como en el buen señor. Creo que ya sé en quien se inspiraron los banqueros retirados).

En 1921 muere la emperatriz y se envía sus restos a Alemania donde su cortejo fúnebre se convierte en triunfal al asistir unas 300.000 personas. Aunque el emperador por razones de conveniencia política no traspasó la frontera. Pero como dice el refrán " a rey muerto rey puesto", o en este caso, reina. El ex emperador aguanta poco tiempo solo, y en abril de 1922 se casa con una princesa también viuda, a la que sólo le lleva 30 añitos de nada, Herminia de Reuss (la de Alemania, no la catalana).

Herminia de Reuss.
El antiguo monarca lleva una vida ordenada y rutinaria en la que se incluye la redacción de sus memorias, pero nunca se desconecta de la política y menos de la de su país. En 1925 recibe un delegado del mariscal Hindenburg. Éste solicita a Guillermo II su permiso para presentarse a las elecciones presidencialistas. El antiguo soberano que veía el avance comunista en su país como un auténtico peligro, da rápidamente su beneplácito y sus firmes deseos de que Hindenburg triunfe. Imaginamos que en el fondo el exiliado piensa en una posible restauración, que por supuesto no se produce.

Entonces en 1932 recibe en su corte de Dorn una nueva visita, se trata de un estrafalario personaje, Hermann Göring, enviado por el presidente del nuevo partido en auge, Hitler. Goring expone al antiguo monarca la posibilidad de que Hindenburg nombre canciller a Hitler, y solicita a Guillermo II que influya sobre el presidente de Alemania para forzar la elección de Hitler. El ex emperador interroga al nazi sobre las posibilidades de una restauración monárquica si Hitler llega al poder, y su interlocutor le asegura que son elevadas.

¿Intercedió Guillermo II sobre Hindenburg a favor de Hitler? ¿En algún momento quiso Hitler restaurar la monarquía?  Es posible que el antiguo emperador moviera ficha en favor del partido nazi en sus primeros momentos, sobre todo pensando en sus nietos, y en la posibilidad de que en el futuro alguno volviera a ocupar el trono alemán, pues varios de ellos sirvieron en el ejército alemán. Es difícil que alguien como Hitler se plegara a ceder el poder o a compartirlo con alguien, y si bien inicialmente dio ciertas muestras de simpatías monárquicas para contentar a alguno de los oficiales de alta graduación de su ejército, pronto las fue abandonando.

Hermann Göring
La esposa de Guillermo, Herminia, intentó conseguir del partido nazi reconocimientos para su esposo, pero sin éxito. El propio ex emperador aseguró en 1939 el apoyo leal a la causa nazi  por parte de la casa real. Con la invasión de los Países Bajos el monarca alemán se encerró en su castillo. Cuando un grupo de oficiales llegaron a las puertas del palacio y se informaron de quién habitaba allí, pidieron instrucciones a Berlín. Hitler no quería atacar a alguien que todavía gozaba del apoyo de parte de la población alemana como bien había quedado demostrado en el entierro de la emperatriz, pero tampoco podía permitir que el símbolo del II Reich eclipsara al sol ascendiente del nuevo y flamante III Reich. Ya había prohibido a los periódicos que dieran noticias sobre los miembros de la casa real, y miembros del partido habían recorrido las calles al grito de "¡Los Hohenzollern a la horca!" La solución era complicada: Eliminarlo supondría un elevado riesgo, y la posibilidad de que la vieja guardia se le volviera en contra; pero por otra parte dejarlo actuar libremente podía tener un efecto igualmente negativo. Al final optó por poner un retén ante la puerta del palacio. Los soldados destacados en Doorn, con la excusa de proteger al emperador, espiaban los movimientos de los habitantes del palacio, tomaban nota de las visitas, y de las idas y venidas de todos, e informaban puntualmente a Berlín.

Guillermo II en 1933
Guillermo II debía de seguir confiando en la posibilidad de un entendimiento con el dirigente nazi, pues en 1940 le envía un telegrama de felicitación por la toma de París. Pero el desencanto a medida que el ex soberano se va enterando de algunas de las medidas de Hitler va creciendo, y la guardia permanente ante su palacio tampoco contribuye a su tranquilidad. Finalmente muere en 1941 de una embolia pulmonar.
        
Hitler decide entonces realizar un funeral de Estado, trasladar los restos del emperador (ahora insisten en llamarle así) a Alemania, y dar un absoluto espectáculo presidido por el nuevo caudillo de Alemania. Sin embargo la familia se niega, muestran el testamento de Guillermo II, en el que solicita ser enterrado en los Países Bajos al menos hasta que no se restaure la monarquía, y prohibiendo la presencia de símbolos nazis en su entierro. Hitler al enterarse se enfurece. Por una vez el hombre más poderoso del momento cede, pero sólo a medias. El cadáver no será trasladado a Alemania, se permitirá una ceremonia privada, pero asistirá un batallón militar que desfilará a modo de homenaje, y se depositara una corona de parte de Hitler por parte del máximo representante nazi en los Países Bajos.

Guillermo II moría en el exilio sin conseguir que su dinastía volviera a gobernar en Alemania. Hitler despedía al máximo representante del ideal imperial alemán al tiempo que desligándose de la monarquía se convertía en el heredero directo de ella con su nuevo III Reich, en el cual él era el nuevo kaiser aunque con un nuevo nombre, el Führer .

No hay comentarios:

Publicar un comentario