DIFÍCIL DE MATAR


EL ASESINATO DE RASPUTÍN

Rasputín el famoso "Monje loco" que llegó a consejero de los zares de Rusia nació en 1869. Pero hoy aquí no nos interesa hablar de su vida, por más curiosa o interesante que esta fuera, sino de su muerte, o mejor de su asesinato el 30 de diciembre de 1916. Aunque para hacerlo tengamos que seguir la versión que uno de sus asesinos dio del crimen, y que se ha hecho legendaria.

Yusupov e Irina. 1915.
Muchos eran los descontentos con la creciente influencia que Rasputín tenía sobre los zares. Sus supuestos poderes habían salvado la vida del heredero, y sus desesperados padres veían difícil apartarse de alguien como él. Su influencia sobre la zarina era enorme, y el monje adquiría cada vez más poder ante la mirada impotente de la nobleza rusa que veía peligrar su estatus ante un advenedizo.

Rasputín era consciente del malestar que despertaba entre la alta sociedad rusa, pero eso le volvía más arrogante. Sin embargo tal vez presintiendo una conspiración para asesinarlo llegó a advertir a sus protectores que si el moría ellos no tardarían muchos años años en seguirlo. Imagino que el espabilado vidente se garantizaba con semejante vaticinio que los zares extremasen las medidas de seguridad sobre su persona, pues no debía de ser muy difícil en los convulsos años que vivían suponer que algún noble estaba conspirando para eliminarlo y dejar libre su propio camino hacia el poder.

Efectivamente un grupo de nobles y militares estaban más que dispuestos a eliminar al molesto monje encabezados por el príncipe Félix Yusupov. Yusupov estaba casado con la princesa Irina, sobrina del zar, una auténtica belleza que además de su rango le daba al joven la excusa para tapar su homosexualidad. Yusupov odiaba a Rasputín con toda su alma. Para algunos la animadversión del joven venía de que éste le había rechazado, para otros había acudido a él para que curara su homosexualidad y el monje, que le daba a todo, había intentado acostarse con él. Las razones políticas eran evidentes, Rasputín tenía que morir antes de que con sus locuras provocara la caída del régimen zarista. En torno a Yusupov se agruparon otros hombres convencidos de la necesidad de eliminar al consejero. Dimitri Romanov, Gran Duque y primo del zar, y Vladimir Purishkevich también estaban convencidos de la necesidad de hacer desaparecer al monje loco.  

Vladimir Purishkevich.
El plan era sencillo. Primero había que atraer a Rasputín al palacio de Yusupov con cualquier excusa. Luego se le invitaba a comer algo, pues todos conocían la glotonería del insaciable monje, y en la comida iría el veneno que terminaría definitivamente con el molesto personaje. Por último sólo habría que deshacerse del cuerpo.

El 29 de diciembre de 1916 Yusupov invitó a Rasputín a su palacio en San Petersburgo. La excusa encontrada explotaba una de las debilidades del consejero, las mujeres hermosas. El príncipe prometió presentarle al monje a su bellísima esposa. Rasputín que no conocía a Irina, pero si la fama de su hermosura, debió de pensar que con semejante marido lo de llevarse a la princesita al huerto iba a ser un paseo, y quién sabe tal vez con el tiempo hasta terminaba por emparentar con el zar. La realidad es que Irina no estaba en el palacio, ni siquiera se encontraba en la ciudad. 

Yusupov y Rasputín en cera. Palacio Moika. San Petersburgo.  
Cuando llegó al palacio Rasputín fue conducido a un sótano mientras en el piso superior los conspiradores fingían que se celebraba una fiesta, poniendo "Yankee Doodle" en el gramófono y haciendo ruido. Yusupov le aseguró que la princesa se estaba arreglando y que pronto se la presentaría, mientras el príncipe ofreció al monje unos suculentos pastelitos para que se fuera entreteniendo. Sin embargo los pasteles que tan alegremente se zampaba Rasputín tenían un ingrediente secreto, cianuro de potasio, y no eran precisamente la receta de la abuela. Yusupov venga a ofrecer pasteles envenenados al monje a la espera de que éste palmara, y el santón venga a engullirlos alegremente como si nada. El príncipe cada vez se podía más nervioso pues el plan no estaba dando sus frutos y el invitado insistía en ver a la princesa. Como la situación se iba volviendo insostenible, Yusupov decidió darle un empujoncito más envenenando también la copa de vino que toma Rasputín. Ante la desesperación del fracasado asesino en lugar de ver como su víctima se desplomaba parecía como si la copa envenenada facilitara la digestión de los pasteles. Una segunda copa de vino hace por fin efecto, y Rasputín reconoce sentirse algo pesado y con ardores estomacales. Para asegurarse el príncipe le da una tercera copa envenenada, pensando que ya es cuestión de segundos que el otro caiga retorciéndose de dolor. Pero ¡oh sorpresa! No sólo no cae al suelo sino que además se siente mejor y hay quien dice que hasta pidió una guitarra para sumarse a la fiesta y comenzó a cantar canciones populares.

Rasputín. Fabrizio Cassetta.
El tiempo pasa. Rasputín no muere. Yusupov tiene que seguirle el juego, y desesperado decide subir al piso de arriba donde le esperaban los amoscados conspiradores. La excusa para dejar a Rasputín es la de ir a hablar con la princesa. Arriba Yusupov le trasmite sus nerviosismo a Purishkevich y a los otros conjurados. ¿Será de verdad inmortal el maldito monje? El príncipe al borde de la histeria se plantea abortar el plan, pero le convencen de que baje y le dispare por la espalda.

Yusupov vuelve al sótano y mientras Rasputín se encuentra de espaldas contemplando un crucifijo de plata le dispara varias veces con su pistola Browning. Por fin el monje loco se desploma en el suelo. El asesino vuelve a subir a reunirse con sus compinches. Ahora sólo queda rematar la jugada deshaciéndose del cuerpo. Imaginamos las celebraciones, los brindis para celebrar y calmar los nervios, y tras un largo descanso (dicen que horas) se toma la decisión de bajar al sótano para hacerse cargo del cadáver.

Es de nuevo Yusupov quien baja a echarle un último vistazo al muerto. Pero cuando gira el cuerpo de Rasputín éste le agarra fuertemente del hombro y comienza a maldecirlo. Yusupov entra en pánico, grita pidiendo socorro a sus asociados. No es para menos. Hay que imaginarse la escena. Rasputín era un hombre grande, fuerte, con ojos de loco, y a quien el pueblo atribuía poderes sobrenaturales. Semejante energúmeno ensangrentado, con varios tiros en el cuerpo, con el estómago lleno de pasteles y vino envenenado, maldice y agarra con fuerza al enclenque noble que a estas alturas seguro que necesita una muda rápida de ropa interior.  El príncipe se libera y sale corriendo. Rasputín está en pie, y según algunas versiones recibe nuevos disparos esta vez de Purishkevich. Los tres tiros del nuevo participante en la mortal partida tampoco terminan con el monje. Unos dicen que se arrastra hasta el patio, otros que es precisamente ahí donde recibe los tiros. La realidad es que de los últimos disparos solo uno le ha alcanzado en el hombro y es el que le ha hecho caer.

Cadáver de Rasputín en un trineo.
De nuevo una situación comprometida para los asesinos. El monje no está muerto se arrastra sobre el patio helado dejando un reguero de sangre, y si consigue salir del recinto se verán en un problema. Purishkevich se acerca para rematar la jugada, le pega un tiro en la cabeza, y luego le patea la cabeza con sus pesadas botas para evitar que resucite, mientras Yusupov se ha incorporado a la matanza golpeando a Rasputín en la cabeza con un garrote. Los más fantasiosos afirman que aún entonces Rasputín estaba vivo y que los conspiradores tuvieron que ahogarlo en agua helada. Pero dudamos que después de semejante ensañamiento quedara algo que ahogar.

Un moderno estudio afirma que un agente secreto británico participó en la conspiración, pues los ingleses querían muerto a Rasputín ya que éste abogaba por la paz entre Rusia y Alemania, y buscaba un entendimiento entre los dos imperios. Según la versión de los ingleses luego de caer en el patio sería Rayner, el oficial británico el encargado de llevarse el cuerpo, y al ver que se movía quién le dispararía la última bala en la cabeza.

Por supuesto la versión de Yusupov no menciona al británico, y afirma que fueron ellos quienes mataron a Rasputín. Luego envolvieron su cuerpo con telas, lo empaquetan con lino, y según otras fuentes sujetan el bulto con cadenas, y luego lo cargan hasta la isla Petrovski y lo dejan caer desde un puente al río Neva.

Cadáver de Rasputín con el tiro en la cabeza.
Días después fue encontrado su cuerpo y se le enterró en enero de 1917 junto al palacio de los zares en San Petesburgo. Pero su cuerpo no terminó de descansar en paz, los bolcheviques lo desenterraron, descuartizaron y quemaron esparciendo sus cenizas al viento, incluso su supuesto pene, llevado según algunos como trofeo, se exhibe con dudoso gusto en el Museo del Erotismo de San Petersburgo (para los zoólogos y para tranquilidad de muchos varones el miembro expuesto es el de un caballo o un bóvido).

Aún después de muerto las conclusiones de la autopsia realizada al cadáver difieren según quien las comenten, y generaron todo tipo de especulaciones. Durante mucho tiempo se creyó que Rasputín había muerto ahogado, y que ninguna de las heridas había terminado con él, sino que fuera el propio río Neva quien lo rematara. La mayoría afirman que fue el tiro en la cabeza lo que terminó con él. Mientras otras teorías aseguran que toda la historia que Yusupov se encargó de difundir no fue más que un cuento, y que a Rasputín lo mataron a tiros tan pronto llegó al palacio, y que sería un tiro en el estómago la herida mortal que terminó con la vida del peculiar personaje.  

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