MUJERES DE ARMAS TOMAR

Combate de mujeres. J. Ribera. 1636. M. del Prado
ELLAS TAMBIÉN SE BATÍAN

Hace un tiempo en un de los artículos dedicados a las curiosidades de la Edad Moderna comentaba la costumbre de batirse en duelo por casi cualquier motivo (ver ¡os desafío!). Quedaba entonces patente que los duelos no eran sólo cosa de la literatura. Pero desde entonces puede quedarnos todavía una duda, ¿se batían las mujeres?, y si lo hacían ¿cómo y por qué se desarrollaban estos combates? Para contestar estas dudas hoy abordamos el afilado tema de las mujeres duelistas.   

Pues resulta que sí se batían, y aunque en la Edad Media solían buscarse un adalid que luchara por ellas, la llegada de los nuevos tiempos trajo también a más mujeres dispuestas a defenderse a punta de espada, y más tarde a tiro limpio.

Mujeres duelistas. Ilustación. 1775
En 1552 en Napoles fue sonado uno de estos duelos. Dos amigas, Isabella de Carazzi y Diambra de Pottinella, compartían a un mismo hombre, Fabio de Zeresola, el guaperas local que traía de cabeza a las damas. Cuando los tres se encontraron en una boda, Diambra descubrió que entre su amado y su amiga había algo más que miraditas ardientes. Las dos amigas se liaron a discutir quien amaba más al bello galán, e Isabella llegó a afirmar que le pertenecía puesto que él la amaba más, como contra argumento la otra afirmó que ella amaba más ya que estaba dispuesta a morir por él y ni corta ni perezosa retó a la otra a un duelo al cabo de 6 días.  Isabella, como retada, eligió las armas, y no se quedó corta: espadas, lanzas, mazas, escudos y caballos armados. Ésta más que batirse iba dispuesta a la guerra total. El día del duelo todo Napolés se personó en el campo del honor, incluido el virrey. Isabella iba de azul con un diamante en el casco, Diambra de verde con un casco donde lucía una serpiente de oro. Ambas a caballo se arremetieron blandiendo sus lanzas que rompieron con una ferocidad que sorprendió a todos los presentes. Arrojadas las lanzas volvieron a cabalgar al toque de la trompeta pero esta vez con sus mazas y escudos dispuestos. Los golpes llovieron sobre la una y la otra con tal fuerza que a Isabella se le rompió el escudo y tras tropezar su caballo cayó al suelo. Diambra desmontó y exigió que se le reconociera la victoria y se le entregara el premio, es decir al guapo Fabio sólo para ella. Pero Isabella estaba lejos de haber terminado, cogió su espada, se arrojó sobre la rival, la tiró al suelo y le cortó las correas del casco. Aunque tal vez por las presiones del jurado o harta del galán, reconoció su derrota y le dejó al mozo enterito para su ex amiga. Bastantes años después Jose de Ribera se enteró del curioso duelo y pintó el hecho presentándolo como una alegoría de la lucha del vicio contra la virtud (imaginamos que para evitarse líos con las autoridades religiosas).    

Duelo de Mujeres
El duelo de las napolitanas no fue ni el último ni el más curioso. En 1571 un par de damas alquilaron una habitación para orar en un monasterio benedictino de Milan. Se encerraron, y cuando fueron a buscarlas se encontraron que ambas yacían en el suelo de la celda. Las dos singulares duelistas se habían batido con cuchillos y habían perecido.

Batirse por un amor disputado, una diferencia de opinión, o una ofensa real o imaginada, ya no es sólo cosa de hombres. La moda de los duelos se va asentando también entre las féminas más osadas. Aunque algunos duelos acaban sólo en pequeños sustos en las que las duelistas se limitan sólo a hacer un amago de duelo para salvar las apariencias y el honor, en otros las damas se enzarzan en una pelea más seria. Casi ningún país de Europa escapa a la moda, pero posiblemente sea Francia donde las mujeres más afición le cogen a batirse. En el siglo XVII Henriette de Coligny desafió a la atrevida que osó coquetear con el hombre que le interesaba, aunque al final los tiros se perdieron en el aire, y las dos mujeres terminaron por hacer las paces.

La Maupin. 1898. A. Beardsley.
Mujeres pirata que se baten como los hombres o damas disfrazadas de hombre que son tan hábiles como éstos con las armas existieron a lo largo de la Edad Moderna y más de uno ha pasado a engrosar las páginas de la historia con sus hazañas: la famosa monja alférez española,  las piratas Mary Read y Anne Bonny, la multifacética sueca Görwel Gyllestierna, pero sobre todo Julie d'Aubigny, más conocida como la Maupin, fueron algunas de estas damas de armas tomar.

La Maupin (1670-1707), nacida como Julie d'Aubigny, era una joven de fuerte carácter que desde muy joven se vestía con ropas de chico y se interesaba por la esgrima. Dedicada a la música, en una de sus representaciones operísticas tuvo que aprender a perfeccionar el manejo de la espada, y acabó tan interesada que se apuntó a clases con el mejor maestro de París. Las andanzas de Julie llegaron a inspirar al escritor Theophile Gautier quien en 1835 escribió su novela "Mademoisille Maupin" basada libremente en sus aventuras. Y es que además de batirse en duelo, asaltar conventos, ser prófuga de la justicia, llevar en general una vida escandalosa, fue una consumada espadachina que daba exhibiciones de esgrima junto con su amante. Algún día tendremos que hablar con más detenimiento de esta peculiar mujer que a veces se vestía como un hombre.

Marquesa de Nesle versus  Madame de Polignac
Pero si en la Edad Moderna hubo un duelo femenino que destacó por encima de los demás fue el que enfrentó a dos nombres francesas la marquesa de Nesle contra la condesa de Polignac en 1721 por el amor del duque de Richelieu. El buen duque era un reputado amante que saltaba de cama en cama con inusitada frecuencia. Pero un par de sus amantes al descubrir que compartían el mismo interés amoroso decidieron zanjar la disputa del peor modo posible, con un duelo. Todo comenzó porque la secretaria del noble se equivocó en las citas e hizo que las amantes coincidieran a la misma hora. La marquesa al ver a su rival y según fuentes de la época "saltó como una tigresa" e intentó arrancar un collar de perlas que lucía la otra, al no conseguir su objetivo se arrancó unas adornos florales del pecho que arrojó a la cara de la condesa, quien contraatacó, y adornos, joyas, y dignidad terminaron por el suelo. Desaliñadas, con los pelos alborotados, las vestiduras descolocadas, ambas decidieron citarse en el bosque de Bologne para dirimir a quien pertenecía el promiscuo duque. El día del duelo la marquesa de Nesle eligió las armas, nada menos que las pistolas. Acudieron ambas acompañadas por dos escuderos y se dispusieron a matarse. La de Polignac más audaz retó a la otra a disparar primero. La de Nesle quizás nerviosa falló el tiro que acabó dando en la rama de un árbol. La condesa no estaba dispuesta a desaprovechar la ocasión y disparó acertando a su enemiga, que se desplomó ensangrentada. Al examinar a la marquesa se pudo descubrir que tenía una herida en el hombro de una bala que a penas la había rozado. Cuando le preguntaron a la Marquesa si había merecido la pena exponerse a la muerte de tal forma, afirmó plenamente convencida que el conde valía eso y mucho más. Aunque la realidad es que el de Richelieu nada satisfecho de que le dieran tanta publicidad a sus escandalosos escarceos acabó por dejar a las damas que fueron sustituidas por otra amante más joven.

Plato con duelo femenino desnudo.
A lo largo del siglo XVIII los duelos entre mujeres se popularizaron en Fancia, Inglaterra, Alemania e Italia, y sorprendentemente con mayor mortalidad que los de los varones. Las "dulces damiselas" hacían gala de una crueldad extrema, llegando a envenenar la punta de las espadas para garantizar el fallecimiento de la rival. Con el tiempo se llegó a imponer la costumbre de combatir desnudas de cintura para arriba para evitar que los vestidos obstaculizaran los movimientos, y que trozos de tejido se metieran en las heridas infectándolas. Por ello pronto los duelos, sobre todo en el siglo XIX, dejaron de tener espectadores, y cuando se batían dos damas hasta los testigos eran femeninos. Pero esa eso otra historia que quedará para cuando volvamos a encontrar a nuestras feroces duelistas ya en plena Edad Contemporánea.

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